Milagros Mumenthaler: «El ejercicio de la memoria es sanador»

La cineasta argentina estrena el viernes en la sala Numax su segundo largo, cuyo motor son los desaparecidos por la dictadura argentina

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redacción / La Voz

Desde una perspectiva muy íntima, cargada de poesía y sosiego, trae aires nuevos a la cinematografía argentina. Pese a esa mirada tan personal y alejada de las modas, y tras varios cortos, Milagros Mumenthaler (1977) triunfó con su primer largometraje -Abrir puertas y ventanas (2011)- en festivales como Locarno y Guadalajara. La cineasta estará el viernes en la sala Numax para presentar el estreno de su segundo filme, La idea de un lago, sobre el que abrirá después un coloquio y que centra el aula que (ya el sábado) impartirá. La película aborda el tema la memoria, pero también las dificultades de encajar la ausencia del padre, de los desaparecidos por la dictadura militar, la pérdida...

-Sí, Inés, la protagonista quiere terminar un libro a la memoria de su padre y es la forma en su vida de adulta de acercarse a él. Toda su vida intentó suplir esa falta, de chica de forma más lúdica y de grande lo puede materializar con una búsqueda fotográfica, haciendo el mismo recorrido que él hizo para sacarse una foto con ella de bebé. Creo que la ausencia de un desaparecido por un Gobierno de facto se vive de manera muy distinta, hay una injusticia irreparable. Y pienso que para muchos familiares reivindicarlo es un derecho civil claro, pero también es un derecho como hijo, como madre, como compañera.

-La espera beckettiana que aflora estaba ya en su corto «El patio». ¿Es una obsesión personal?

-No creo que Inés espere, ella acciona, da pasos para buscar respuestas, para asumir una pérdida, para poder darle a su futuro hijo las respuestas que ella no tuvo. Mi primer corto, A qué hora llega papá, era de tres hermanos que esperaban la llegada de su padre. No sabría decir por qué me interesa. Creo que la educación que uno tuvo es determinante en lo que seremos a futuro; así que los niños descuidados son muy vulnerables y me atraen, están solos frente a lo que les dispara el futuro.

-Usted narra el esfuerzo de Inés por reconectarse con la idea de un padre al que casi ni conoció, y del que apenas le queda una foto. Su construcción es una necesidad contra la reticencias de la madre. ¿Este filme afronta la lucha de la memoria contra el olvido?

-Sí. Creo que el ejercicio de la memoria es sanador, pero no creo que el olvido esté representado por la madre. Tessa, la madre, en su voluntad de serle fiel a su marido ausente, hace un acto de memoria. Es una manera de gritarlo a los cuatro viento. La diferencia con Inés es que ella no necesita un cuerpo. Las necesidades de Inés y de Tessa no son las mismas.

-Dice el ensayista David Rieff [hijo de Susan Sontag] que padecemos una dictadura de la memoria histórica, que la memoria del «lager» no evitó el genocidio de Ruanda. ¿Qué opina?, ¿la memoria es un derecho individual, una obligación colectiva?

-Ambas cosas. La película se enfoca en una memoria individual, es una invitación a entrar en la cabeza de Inés y dejarse guiar a dónde ella nos quiera llevar.

-Aquí en España aún se discute sobre la legitimidad o no de mirar al pasado, a la Guerra Civil, para edificar el futuro. Supongo que Argentina no es ajena al dilema.

-Hace un año le diría que en Argentina se avanzó mucho en cuanto a los crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura militar, y creo que se hizo memoria. Argentina todos los 24 de marzo marcha por «el nunca más», y uno pensaba que ciertas cosas ya no se cuestionaban. Pero hoy, no lo sé, estamos viviendo una situación extraña. Las políticas de derechos humanos quedaron muy pegadas y relacionadas con el kirchnerismo. Y, lamentablemente, cuando algo está ganado, es muy frustrante que un Gobierno, el actual, habilite poner las luchas en tela de juicio.

-Hay algo onírico en su forma de narrar, ese relato fragmentario que imita los mecanismos del sueño, hacia atrás y adelante, de modo no lógico. ¿Cómo concilia esto con su inclinación documental?

-Tenía que ser de esa forma. La película esta basada libremente en un poemario de Guadalupe Gaona. Cuando yo decido hacer algo con él sabía que tenía que respetarlo, el libro contiene poemas, fotografías y un texto en forma de prólogo autobiográfico. O sea que la película tenía que tener esos tres elementos, debían aparecen de alguna manera. Creo que en la película lo onírico parte de deseos y sensaciones tan reales que da lo mismo que se lea como documental o ficción.

-Su modo de conjugar los tres planos temporales, ¿está planificado, crece de manera orgánica o se fragua en el montaje?

-Desde el guion, la película estaba estructurada como un rompecabezas o, como bien señaló usted antes, imita ciertos mecanismos mentales. Era la única estructura posible para el filme. Pero más allá de eso la película se terminó de encontrar en el montaje.

«Lo íntimo es lo más verdadero, los hechos no me interesan»

Una de las claves de la poética de La idea de un lago, de la austeridad de su lenguaje, está en la sensibilidad de Milagros Mumenthaler para captar los rostros, los sonidos y las imágenes de la naturaleza, los silencios. Una poética que se revela sutilmente sensorial.

-Los recuerdos son también olores, sonidos, sensaciones, elementos que tienen que ver con lo sensorial. La naturaleza permite conectarse más fácilmente con esos sentidos. La naturaleza en la película, como prolongación de la casa, tiene esa idea de hogar. A Inés la conecta de una manera muy especial con su padre. La experiencia de uno con la naturaleza es muy similar a la de la memoria. Es un viaje introspectivo y que a través de los años se sigue practicando de la misma manera.

-Su cine parece andar siempre a vueltas con la orfandad, con la familia, con los personajes femeninos, ¿es una elección consciente?, ¿se ve rodando en el futuro una película de género?

-Una película de género, con G mayúscula, lo dudo. Hay que hacer demasiadas concesiones para que una película funcione como género. Concesiones de mi visión de realidad. Yo trabajo mucho sobre los personajes, son la base, y ponerlos a hacer género me costaría. Tal vez un cruce algún día…

-¿Cómo es que su enfoque se queda en lo íntimo?, ¿cómo logró sortear la tentación de los grandes hechos históricos, del drama de la dictadura militar?

-Creo que lo íntimo es lo más verdadero y contar hechos no me interesa. ¡Nunca me sentí tentada por eso! Me gusta contar entre líneas, no subrayar. También soy una persona que escribe guiones ya pensando en la imagen y no en el plot [la trama]. El guion y la puesta en escena van de la mano. Y cuando uno cuenta grandes hechos históricos toman todo el lugar, y la puesta en escena está relegada a que se entiendan.

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