Firma Loach con 80 años «Yo, Daniel Blake», un ariete sin contemplaciones contra el infernal y deshumanizado sistema laboral británico
04 nov 2016 . Actualizado a las 08:22 h.Regresamos al viejo debate de lo que se cuenta y cómo se cuenta. Contenido frente a forma, algo tan viejo como el propio cine o casi, exceptuando a los Lumière, que simplemente filmaban por curiosidad. El británico Ken Loach no parece haber evolucionado en tono y en manejo de cámara. Su estilo documentalista, más realista que naturalista, se mantiene como cuando sus telefilmes en 16 mm para la BBC de los sesenta o desde su memorable Kes (1969). Y así, durante décadas (con puntuales saltos a la recreación histórica), sigue fiel a su cine social, de denuncia, a veces muy escorado hacia la pancarta y el didactismo simplista, encaramado en un púlpito desde el que arenga persuasivo, erigido en voz de la conciencia humana. Pues bien por él, aun con sus excesos. Luce 80 espléndidos años y ahí sigue dando la vara, ahora con Yo, Daniel Blake, un ariete sin contemplaciones contra el infernal y deshumanizado sistema laboral británico.
Realmente, aunque la acción transcurre en Newcastle, bien podría ser Reims, Bolonia, Cintra o Breslavia, que tal pinta la vieja Europa bajo la bandera de una crisis económica usada para atizar duro por abajo. Uno se mete en la piel del enfermo cardíaco Daniel Blake, carpintero, crac de la madera, al que zapatean, rellenando formularios y machacándole a sus 59 años con la idea de fajarse en la Red porque «todo se hace on line»? Los espectadores, advertidos de antemano de que Loach no pondrá su cámara a rumiar en los pastizales de lo experimental ni de las nuevas narrativas ni de recursos de modernidad formal que muchas veces disimulan simplezas e incompetencias, nos disponemos a estresarnos junto al pobre Blake. Volverá una y otra vez ante unos funcionarios «granito Porriño», mientras ayuda a Rachel, con dos hijos a su cargo, pero que se verá obligada a renunciar a lo que nuestro carpintero conserva íntegra: su dignidad. Que le hayan concedido la Palma de Oro confirma que no todo está perdido, ahora que conceden premios a chorradas necesitadas de traducción simultánea, y no precisamente por razones de lengua.