¡Qué angustia y qué sorpresa!

CULTURA

Paramount Pictures

Si un simpático te destripa el final de «Calle Cloverfield 10», ya puedes despedirte. Que no te la cuenten

24 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Es como cuando te comprabas unos sobres de cromos a sabiendas que casi todos te saldrían repes y de golpe encadenabas un puñado de inéditos. Era un sofocón. Entras a Calle Cloverfield 10 esperándote, no un truño, porque venía con referencias aceptables pero ya se sabe que el márketing anda a lo suyo, pero sí otra cinta más quizá sazonada con algún momento audaz. Que J.J. Abrams estuviera como avalista algo ayudaba, pero como productor no está obligado a ser un chispa, e incluso como cineasta todavía le falta maceración, más allá de algunos trazos de inteligencia cinéfila y de contrastada pericia narradora. Aquí acertó, porque el debutante Dan Trachtenberg (curtido en publicidad, videojuegos y contenidos para Internet) logra como primera baza arrancar a John Goodman un personaje inquietante, en las antípodas de su comicidad habitual. Otro tanto ocurre con los dos personajes restantes, en especial con Mary Elizabeth Winstead, pues en el caso de John Callagher Jr., el guion lo trata con cierta desgana.

Y por supuesto la habilidosa claustrofobia que transmite el escenario único de esa especie de refugio atómico en donde conviven los tres durante la (casi) totalidad del metraje. Al ser escenario único (hay un uso magistral del sonido en off), su apariencia es teatral, descansada sobre diálogos inteligentes y una adecuada batería gestual, que nutre el suspense a la altura de un Hitchcock, sin descartar trampas y quiebros propios del género. Añádase el ingrediente fantástico, pues no solo la venden como spin off de la simpática Monstruoso (Matt Reeves, 2008) sino que además está la amenaza exterior que Goodman utiliza para convencer a sus dos inquilinos a la fuerza. Eso sí, la película se queda en artefacto cómplice al depender de su desenlace que, una vez conocido, se carga sus expectativas de futuro. De esas que ya no volverás a ver, a no ser que tu interés sea meramente académico o pericial. Ocurre con excesiva frecuencia en el cine de ahora, carga tanto sobre un desenlace sorpresivo, que, si un simpático te la destripa, ya puedes despedirte. Que no te la cuenten.