Vida y obra de un arquitecto

La exposición «Manuel Gallego. Arquitectura 1969-2015», que ayer inauguró en A Coruña la Fundación Barrié, refleja los valores esenciales de la profesión


redacción / la voz

Probablemente, si le preguntamos a la gente que nos diga una obra de Manuel Gallego Jorreto, la mayoría no sabría citar ninguna. Sus proyectos pasan desapercibidos, se difuminan en el paisaje, como ese complejo presidencial de la Xunta que respeta la colina sobre la que se asienta, en vez de echarla abajo como otros hicieron con el monte Gaiás. «Una obra debe resolver problemas, no crearlos», dijo ayer en A Coruña.

Gallego no ha construido hitos, sino edificios «para resolver una necesidad y para que los use el hombre». Esa es la esencia de su arquitectura, que es tan imprescindible como la exposición que le dedica la Fundación Barrié. Este hombre sencillo, que el año que viene cumplirá 80 años, es el gran arquitecto gallego y de Galicia. Algunas de sus obras perdurarán, otras no -o serán transformadas sin acierto, como la Casa de Cultura de Valdoviño-, pero fueron creadas para servir a las personas.

En las viviendas de Vite (Santiago), por ejemplo, una calle interior genera espacios intermedios entre lo público y lo privado. En A Illa de Arousa, el centro sociocultural articula pequeñas plazas en los huecos que se forman al relacionarse con los edificios ya existentes. La lonja de Lira, una especie de veles e vent industrial, tiene un paso elevado para contemplar tanto la actividad que se desarrolla en el interior como el maravilloso paisaje de fuera. «Parece una gaviota», le dijo un paisano, y a él le pareció el mejor halago.

No es arquitectura high tech, pero que nadie diga que no hay alta tecnología. A los Institutos de Investigación de Santiago se les puede cambiar «las tripas», buscando las máximas posibilidades para laboratorios, zonas de estudio y de trabajo. En el edificio administrativo de la Xunta en Campolongo (Pontevedra) fue complicado levantar con una grúa las enormes planchas que conforman su fachada. No se cortaron para no desperdiciar material. «Racionalicé el proceso constructivo para reducir su costo», indica, toda una declaración de intenciones en estos tiempos de presupuestos que se sobrepasan y se disparan.

Y luego está la parte poética, porque «la arquitectura supera la mera construcción». Gallego mete la catedral dentro del Museo das Peregrinacións a través de un lucernario desde el que se divisa, casi se toca, la torre de la Berenguela.

Y siempre, la integración en el entorno, como cuando entierra un volumen del Centro Álvaro Cunqueiro de Mondoñedo para «defender» una iglesia, que luego rehabilitó. O al bajar la escala de la piscina de Chantada para que se vea el casco histórico. Sensibilidad y coherencia. En el centro cívico de Ourense mantiene el muro de piedra existente, refuerza la iluminación solar pintando parte del techo de rojo, planta un árbol «y los niños ya están felices». El centro de salud de Viveiro es tan aséptico como lo demanda su función, pero la zona donde esperan los enfermos es un espacio cálido, forrado de madera, con luz natural entrando por una abertura cenital. «La arquitectura -dice Gallego- tiene sus profundas razones ligadas a la vida».

Construcción intelectual

También la arquitectura es una construcción intelectual, expresa ideas. Y la muestra de la Fundación Barrié es una síntesis de la profesión, perfectamente estructurada -está comisariada por el propio autor y diseñada por el arquitecto y fotógrafo Pablo G. Picard- y haciendo uso de la luz y el espacio, las dos obsesiones del maestro.

La visita a esta exposición es obligada para aquellos que creen que la arquitectura que se ha hecho en Galicia es un desastre. No es cierto, y Manuel Gallego es el referente de una generación que durante el último medio siglo ha construido pequeños y grandes edificios para el día a día. No se ven, pero se tocan. Escuchen a los arquitectos, confíen en ellos, déjenles trabajar.

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