Casi podría decir que me alegro de que por fin haya empezado la Liga y vuelva un poco de normalidad televisiva. El verano tiene esa gracia imprevista que puede traerte de repente un fuerte temporal de otoño a la ventana y estrujarte a la intemperie de un bucle desolador, en el que te enredas porque te has perdido en esa isla de personajes y ya no reconoces a nadie en la televisión. Te suenan las caras, pero ya has perdido comba. Tener tiempo para el aburrimiento, para el dolce far niente, para apagar la televisión durante un mes genera una sensación de extrañeza feliz, de ojos imberbes, como para poder volver a ver a Mila Ximénez sin que te dé miedo. Al menos durante un minuto. Pero también la tele en verano puede ser de cine, puede ser una comedia, una comedia romántica. Con la sonrisa bobalicona de saber que ya has visto ciento de veces la película, que no es exageradamente buena, pero que te lleva a estirar las piernas y disfrutar de volver a ver a Hugh Grant en Notting Hill o en Amor con preaviso. Sin más. Ese ha sido el mayor acierto de TVE durante las noches veraniegas de las que se puede esperar cualquier cosa (también en televisión). Por eso que la Primera se haya mantenido fiel al clásico de un final feliz merece el aplauso. Con la sencillez de no esperar nada más que un buen rato. Eso que en televisión hoy es tan difícil.