Berlín emula a Cannes con Malick

El norteamericano brilla en un festival que arranca hoy con Isabel Coixet y que también cuenta con Herzog, Wenders, Branagh y Jafar Panahi

Juliette Binoche en el papel de Josefina
Juliette Binoche en el papel de Josefina

berlín / e. la voz

Hay en el actual parnaso cinematográfico tres o cuatro nombres capaces de dar nueva dimensión a un festival. Uno de ellos, sin duda, es el de Terrence Malick. Todo fue saberse que el norteamericano competiría en Berlín con su nueva obra, Knight of Cups, después de ganar en el 2011 una discutida Palma de Oro en Cannes y de darse un sopapo narcisista en Venecia, para que esta 65 Berlinale elevase exponencialmente su magnetismo. Retorna el aura cuasi mística de Malick con una crítica al star-system de Hollywood protagonizada por Christian Bale, Cate Blanchett y Natalie Portman, reparto, por cierto, nada ascético ni frugal. O sea, misticismo, sí, pero con rostros bellos, nada de monjes budistas o curas del Ampurdán. Para ganar el Oso de Oro (cualquier otro resultado sería una tragedia para su grey), Malick tendrá que superar a una serie de rivales de primera clase, que decantan con claridad a Berlín como segundo festival internacional, en su sempiterna pugna con Venecia.

Cannes hubiera firmado por tener este año en nómina no solo a Malick, claro: también al proteico Werner Herzog, que presenta Queen of the Desert, con Nicole Kidman, James Franco y Robert Pattinson; al nuevo Wim Wenders, que protagonizan Charlotte Gainsbourg, Rachel McAdams y el ubicuo Franco; a los chilenos Pablo Larraín, con El Club, o Patricio Guzmán, que vuelve a sus cosmos trascendentes; o, naturalmente, al iraní Jafar Panahi, de nuevo a la carga como cineasta proscrito, esta vez filmando, clandestino, desde un taxi en Teherán. Lindan esa primera clase el británico Bill Condon, que en Mr. Holmes presenta al gran Ian McKellen como un Sherlock nonagenario que va al cine a ver las películas sobre él y fuma cigarrillos; el francés Benoit Jaquot y su remake de Diario de una camarera, con Lea Seydoux, y el alemán Oliver Hirschbiegel, autor exitoso de La ola, que vuelve a tratar sobre el nazismo en 13 minutos, donde cuenta cómo un carpintero puso una bomba a Hitler en el Múnich de 1939.

En el terreno de las resurrecciones, Berlín devuelve al primer plano a Kenneth Branagh con una Cinderella en la que Cate Blanchett es la Madrastra y, sobre todo a Peter Greenaway, en lo que más que un retorno semeja una prueba del carbono 14. El otrora rupturista Greenaway y su Einsenstein en México prometen emoción barroca. Y mucho morbo hay por ver qué le ha dado la baqueteada Isabel Coixet a la Berlinale, aparte de a Juliette Binoche en la inauguración, para que ella tenga el honor de abrir hoy la fiesta con Nadie quiere la noche. La Coixet ¡vaya si quiere! esta noche de apertura y boato después de tan malos años que le hemos dado los insensibles críticos españoles.

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