El maestro del absurdo, Roy Andersson, merecido León de Oro

El Festival de Venecia premia a Konchalovski como mejor director


venecia / e. la voz

Pocas veces un jurado ha sabido extraer, de entre la ganga de diez días de cine manifiestamente mejorable, la veta de sus escasas imágenes brillantes. El León de Oro para Roy Andersson, el veterano francotirador sueco, por su filme Una paloma se sentó en una rama reflexionando sobre la existencia, da en la diana por ese humor negro que destilan sus corrosivos planos-secuencia, en donde caben la ternura por historias como la del tipo que bebía una copa de grappa en un mismo café durante 60 años o la provocación de mostrar al rey conquistador Carlos XII, talismán de la extrema derecha sueca, en su homosexualidad coreografiada, tabú de la historiografía del país nórdico.

No menos sabiduría acompaña el reconocimiento de otro cineasta que parecía ya arrumbado por el cambio de siglo, el ruso Andrei Konchalovski, con el León de Plata como mejor director por Las noches blancas de un cartero. Hay en ella, en su Rusia profunda y lacustre, una serenidad bellísima a la que Konchalovski sabe inyectar palpitaciones de emoción, dentro de esta obra en apariencia menor, pero que lleva soterrada una corriente de poderosa elegía por el tiempo perdido.

El retorno de Joshua Oppenheimer, tras The Act of Killing, al lugar del crimen -o mejor del genocidio: hablamos del extermino de más de un millón de supuestos simpatizantes comunistas en la Indonesia de 1965- es un ejercicio de memoria del horror que me apabulla al comprobar que Oppenheimer viaja a un país donde siguen mandando los autores intelectuales de aquella masacre. Por eso el Premio del Jurado para The Look of Silence es necesaria amplificación de este atenazador espejo sobre los crímenes del siglo XX, cine-testimonio ya a la altura del de Rithy Panh sobre los jemeres rojos de Camboya o el de Lanzmann sobre los lager nazis.

Ya cuando vimos Hungry Hearts, de Saverio Costanzo, nos abrumó la atmósfera irrespirable y claustrofóbica de ese apartamento donde Alba Rohrwacher bordaba, con texturas inquietantes prestadas quizás del Polanski de Rosemary?s Baby y de Repulsión, su rol de madre reciente con obsesiva fijación por su recién nacido. El jurado ha decidido premiar, junto a la soberbia insania de Rohrwacher, la réplica que le da Adam Drive. Y ambos se llevan la Copa Volpi como mejores actores.

El cine iraní tiene carta blanca en cualquier palmarés. El premiado guion de las historias entrecruzadas de Tales es un cúmulo de lugares comunes sobre problemas sociales pero es algo así como la cuota persa de todo festival.

Y me desagrada que las innecesariamente crueles peleas de perros de la turca Sivas, se lleven la palmadita de consolación del Gran Premio del Jurado.

Pero, en su conjunto, es un gran palmarés para una endeble 71.ª Mostra. No me cansaré de echar de menos en él la sensacional reinvención de G. Iñárritu y Michael Keaton en Birdman. Ni terminará de aliviarme que la prepotente y tramposa utilización de la figura de Pasolini por parte de Abel Ferrara, para una operación comercial obscena, se vaya de vacío de este Lido que, hasta el próximo agosto, volverá a ser la isla del Dr. Moreau.

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