Las «diosas» del cabaré Crazy Horse, por primera vez en España

Las bailarinas, de entre 18 y 36 años, son seleccionadas por todo el mundo y sometidas a implacables reglas que les enseñan a moverse ara insinuar t nunca enseñar.


En sus 60 años de vida, el «ilustre» cabaré francés Crazy Horse ha sometido a sus «diosas» a reglas tan implacables como la del bolígrafo, y, aunque esa ya esté obsoleta, la anatomía de sus espectaculares bailarinas, que en diciembre actuarán por primera vez en España, sigue sometida a la disciplina del «mejor, imposible». Altura: entre 1,68 y 1,72. Distancia entre pezones: 21 centímetros. Distancia del ombligo al pubis: 13 centímetros. Peso: mínimo de 54 kilos y máximo de 60. Y guapísimas, y buenas bailarinas, pero sobre todo con personalidad, ha explicado su directora general, la francoestadounidense Andrée Deissenberg.

Las «diosas» tienen prohibida «absolutamente» la cirugía estética, las «mechas» en el pelo, que los hombres entren en los camerinos y quedarse en la sala una vez que ha terminado el show, todo ello por un sueldo que Deissenberg no quiere revelar, pero que «quizá les sirva para comprarse ellas mismas los diamantes», bromea. Las mujeres, entre los 18 y los 36 años, son seleccionadas por todo el mundo entre bailarinas, la mayoría de clásico, a las que, tras comprobar que tienen personalidad y luego todo lo demás, «deconstruyen», como «si fuera el Bulli», para «reconstruirlas» como chicas Crazy, rebautizadas para su «nueva vida» como Fiamma Rosa, Rosa Chicago o Dolly Doll. Tienen que tener las mismas habilidades y técnica que una bailarina clásica pero, al danzar desnudas o semidesnudas, aprenden durante un mes a moverse de otra manera distinta, para insinuar y nunca enseñar.

Deissenberg, que trabajó para el Circo del Sol antes de incorporarse, en el 2005, a Crazy Horse, asegura que el mítico cabaré, del que era un habitual Salvador Dalí y que fue escenario de la película de Woody Allen What's new, Pussycat, es «la alta costura» mientras que los espectáculos de burlesque americanos son «el prêt à porter». En el burlesque es todo «más grande, más evidente y con más sexo fácil», mientras que en el Crazy, con un escenario «muy pequeño», de dos metros por seis y con el público «muy cerca», la consigna es la voluptuosidad sugerida, «que nadie sepa muy bien si ha visto o no ha visto 'algo'».

El Crazy es erotismo, elegancia y sugerencia desde que Alain Bernardin lo fundó en 1951, un camino en el que creen que deben perseverar en una época «en la que hay una saturación de sexo fácil» y en la que las mujeres, la mitad de su público, son «propietarias de su cuerpo y su sexualidad». Deissenberg ha comandado los cambios por otro derrotero: renovando tecnológicamente el espectáculo de París, invitando a artistas de campanillas -de Diita von Teese a Pamela Anderson- y encargando a Philippe Decouflé un show para salir con él de gira. El resultado, que llegará el 21 de diciembre a los Teatros del Canal, es Forever Crazy, una sucesión de «cuadros» en torno a la sensualidad femenina protagonizados por diez bailarinas y que se abre con el legendario «Dios salve nuestro cuerpo desnudo» e incluye un número inspirado en la crisis. «Es el striptease de una ejecutiva financiera. A cada prenda que se quita sube un punto la bolsa. Las mujeres podrían salvar el mundo», se ríe de nuevo.

El espectáculo, en el que se puede beber champán, como en París o Las Vegas -donde el Crazy aterrizó con un espectáculo estable en el 2001-, es «divertido» y muy rápido, con 15 números que mezclan lo «más nuevo» con un «revival» de sus grandes éxitos. Y todo ello con muchas plumas, pestañas postizas -cada año 720 pares-, rouge y maquillaje corporal, con el que resaltan que pasarían perfectamente la prueba del bolígrafo, es decir, que si se pusieran uno bajo un pecho caería sin remedio al suelo.

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