El intérprete pasó de la academia de canto a los barcos


Después de abandonar la docencia, Varela, que descubrió sus facultades para el canto en La Habana, donde formó parte del orfeón Ecos de Galicia, compartió la docencia con la profesión de armador. En Malpica compró dos embarcaciones, La Conchita y Arturo, y montó una pequeña industria de salazón del pescado.

Varela no ha sido el único intérprete gallego en alcanzar la gloria en algunos de los teatros más importantes. Aunque de pasada, sin un capítulo específico dedicado a glosar su arte, Sagarmínaga también cita en su obra a cantantes como la soprano ferrolana Carolina de Cepeda, una de las primeras figuras líricas en alcanzar renombre en Europa, que llegó a cantar Lucrezia Borgia en el Châtelet de París ante el escritor Alejandro Dumas, u Ofelia Nieto, que compartió el escenario del Real madrileño con los más grandes intérpretes de la época. En Mitos y susurros se recuerda el Mefistófeles que la compostelana Nieto cantó junto a Beniamino Gigli en el Liceo de Barcelona, en 1917.

El libro solo dedica unas líneas a la otra gran soprano gallega del siglo XX, la ourensana Angeles Gulín, para comparar su éxito entre la crítica madrileña, sobre todo a partir de La Gioconda que cantó en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, con el entonces debutante Plácido Domingo.

La Gulín, una de las voces más importantes de su época, es la única artista gallega que ha actuado en la temporada del Metropolitan de Nueva York.

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