Entre el papel y la Red

Francisco Rico

CULTURA

19 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

No sería ningún disparate opinar que los diccionarios en el formato tradicional de los libros son cosa del pasado. En los días de Internet, Google y las Wikipedia, de los e-books y los USB de memoria casi inagotable, ¿vale la pena ir a buscar una determinada información en un volumen en papel? ¿No es más ventajoso teclear una palabra y dejar que los rastreadores de la web hagan su trabajo? Sí y no.

El problema de Internet, el gran atolladero, consiste en que ahí está todo, bueno, malo o quién sabe, y todo sin filtrar. Por haber demasiado, es con frecuencia como si no hubiera nada: uno salta de un lado a otro y acaba con la misma perplejidad del comienzo. Para no quedar atrapado en la Red, hay que poseer el criterio y el conocimiento firmes que precisamente son lo que suele faltarnos cuando recurrimos a un instrumento de consulta. Internet es admirable, pero no fiable: es peligroso navegar en un barco sin capitán. En las dudas, se requiere el discernimiento de una autoridad, la garantía de una firma. Pocas más seguras que María Moliner y Joan Coromines.

En mi primera línea he usado el sustantivo disparate. Es una bonita palabra y dan ganas de conocerla mejor. Veamos. En 0,22 segundos, Google me proporciona «aproximadamente» 11.300.000 referencias del vocablo. Pero ¿qué demonios hago yo con tantos millones de disparates? Conque me voy, en la web, a la última edición del diccionario académico, donde leo: «1. m. Hecho o dicho disparatado. 2. m. coloq. atrocidad (¶ demasía)». Una etiqueta me advierte de que se trata de un «Artículo enmendado»; y, en efecto, pinchando en ella compruebo que demasía se ha sustituido por barbaridad. O sea, que para enterarme tengo que pasar antes por las tres acepciones de disparatado («Que disparata», etc.) y por la única de disparatar («Decir o hacer algo fuera de razón y regla»). La verdad es que la RAE ha ido a peor desde 1732, cuando definía de por sí y por entero cada uno de los términos de la familia léxica de disparate («Hecho o dicho fuera de propósito y de razón») sin necesidad de mandarlo a uno de Herodes a Pilatos. Ni parece que las enmiendas de la web supongan progreso: bien está eliminar el hoy oscuro demasía, pero remplazarlo por barbaridad, después de que ya conste atrocidad, no es ningún paso adelante. Moliner registra tres acepciones de disparate. Copio solo la primera: «1. m. (Decir, Ensartar, Escribir, Soltar) Cosa absurda, falsa, increíble o sin sentido que se dice por equivocación, ignorancia, trastorno de la mente, etc.: Dice tales disparates que parece que está loco».

La definición es pormenorizada a la vez que sencilla y clara, y se acompaña de un ejemplo. Los verbos que van entre paréntesis, al principio, son una de las muchas aclaraciones y complementos que doña María incluye por doquiera: en este caso, se trata de los verbos con los que normalmente se construye el sustantivo. Tras dar cuenta de otras acepciones de la palabra («Acción imprudente e irreflexiva...», «Maldición, insulto...»), se recoge su frecuente empleo con el valor de mucho: «Me he reído un disparate». Con buena lógica, disparatar se explica en función de disparate, no viceversa. Es lo que uno espera de un excelente diccionario de uso.

Pero como mi curiosidad no se satisface con el uso y el sentido, me pregunto por el origen de disparate. Según la Academia, siempre en Internet, viene de disparatar, que procede a su vez del latín «disparâtus», participio pasado de «disparâre», es decir, «separar». No me lo creo. Ni el sustantivo sale del verbo, ni el verbo de ese participio latino. Echo mano, pues, en papel, del vocabulario etimológico de Coromines, y la que ahí encuentro es una historia harto más fidedigna, compleja y sabrosa. La palabra de marras es una alteración de «desbarate», de cuya parentela sobreviven «desbaratar» («desconcertar») y «malbaratar» («disipar»), y cuya b, que aún era regular para santa Teresa, subsiste hasta hoy en catalán y en portugués. La i refleja verosímilmente un cruce con disparar en frases como las de Cervantes cuando escribe que don Quijote «solamente disparaba en tocándole la caballería» o que un chiflado «disparaba necedades». Coromines me ha llevado de la mano en un paseo instructivo y ameno por las lenguas y la literatura. Sí, los mundos informáticos irán reduciendo el tamaño de nuestras bibliotecas. Pero por eso los libros que tendremos en papel serán más importantes, esenciales y amigos, no extraños que se nos cuelan por la pantalla de un ordenador.