«Ahora tengo ganas de vivir»

La comunidad terapéutica de O Confurco (Asfedro) lleva más de un cuarto de siglo luchando contras las adicciones: «Ya no quiero consumir»


Ferrol

Pega el sol en O Confurco, a un paso de Penencia y el cabo Prioriño. Un lugar de los tantos que hay perdidos por la costa ferrolana donde, hace 27 años, abrió la comunidad terapéutica de O Confurco, hoy un punto de referencia autonómico para el tratamiento de la drogodependencia.

Un portal da acceso a una finca amplia, en la que está situada un edificio de dos plantas. Al entrar, un usuario se encuentra limpiando las escaleras. Allí todo lo hacen ellos, los que accedieron voluntariamente a cambiar de rumbo su vida. La Asociación Ferrolana de Drogodependencias (Asfedro) nunca descansa en esa difícil labor, tan encomiable y a veces tan poco reconocida.

Un recibidor da acceso a la planta baja, en la que se encuentran el taller, con multitud de mesas de trabajo y herramientas; la cocina, el tren de lavado y el gimnasio. Cada uno de esos espacios esconde vitalidad. Al igual que los dormitorios del primer piso, donde hay también un par de salas de estar, para las actividades de tiempo libre; una farmacia, siempre bajo llave; y una sala de música, presidida por un póster de Marilyn Monroe, que sirve a la vez de consulta para el psiquiatra. Mientras, en el exterior está el preciado huerto, donde también conviven gallinas o conejos. «Ellos cocinan, limpian y hacen todo como si estuvieran en su casa. Además, estamos continuamente con terapias y actividades», explica Sabela Márquez, la enfermera, con dos años de experiencia en la comunidad.

Ángela Seoane y Auri Filgueira llevan mucho menos tiempo, pero con la sensación de haber vivido el triple. «Cuando entré me quité un peso de encima», cuenta Ángela, que tuvo que esperar seis «desesperantes» meses para acceder. En el centro apenas hay cuatro plazas para mujeres, por las dieciocho para hombres, y la lista de espera es extensa. «Estuve en otros centros, pero en este hay mucha diferencia a nivel psicológico y psiquiátrico. Es muy completo», cuenta esta sadense de 35 años, que tenía un problema de adicción al alcohol. Está a punto de cumplir los seis meses de máximo, pero podrá quedarse un poco más. «Estuve encantada desde los primeros días, no tengo ningún recuerdo agridulce. Me costaron algunos objetivos que me marqué, pero nada más», agrega Ángela.

«Llegué destrozada»

Por todo ello, la sonrisa de satisfacción es enorme. «Vine bastante mal, con un nivel de ansiedad fuerte, destrozada, sin ganas de nada. Ahora tengo ganas de vivir, de hacer cosas y comenzar de nuevo -expresa-. Poco a poco, pasito a pasito, las cosas salen. Me he vuelto a conocer a mí misma y me he dado cuenta de que nunca me había conocido».

Su historia es muy similar a la de Auri Filgueira (Portosín, Porto do Son, 42 años), que llegó a O Confurco «hace cinco meses y quince días», especifica. Durante muchos años estuvo enganchada a la cocaína y a la heroína. Más adelante se pasó a los porros y a las pastillas. «Pero ahora no tengo ganas de consumir, tengo ganas de vivir la vida con mi familia, con mi marido, mis hijos y mis padres», dice segura, y repite lo de «vivir la vida día a día». Y eso que en el centro se siente «como en casa, en familia». «De aquí me llevaré un recuerdo muy grande. Estuve en otros centros y no hay ninguno como este, por sus grandes profesionales», subraya Auri.

La jornada en la comunidad da inicio a las 7.30 horas, cuando se levantan, y finaliza a las 23.25 horas, un horario establecido para que exista una rutina. Por el medio hay cinco comidas, tres momentos de medicación y un completo cronograma de actividades. «Todo está medido», comenta Sabela. Entre otras cosas, hacen salidas culturales y, asimismo, actividad física, 45 minutos al día, cinco veces a la semana. Todo dentro de ese edificio de la costa ferrolana, en el que en silencio, durante más de un cuarto de siglo, se ha hecho mucho.

El perfil de usuario es de 39 años y de diagnóstico dual: drogadicto y con un trastorno psicológico

En el centro terapéutico de O Confurco, está claro, cada caso es un mundo. Sin embargo, como en cualquier comunidad, existe un perfil común. El coordinador, Alfonso Carballal, especifica que «va cambiando». En este momento es una persona de 39 años «mucho más sana que hace años, con menos enfermedades de transmisión, menos causas judiciales pendientes y una formación mejor». La mayor adicción es a la nicotina, un 95 % de los pacientes -en la sociedad no alcanza el 30 %-. Le siguen la cocaína, la heroína, el cannabis y las benzodiazepinas. El 90 % de los usuarios presentan un diagnóstico dual: drogadicción y algún trastorno psicológico.

No obstante, la cifra más importante es el 37 % de altas terapéuticas del 2017, más alto que nunca. Representa el número de usuarios que se van habiendo modificado sus pautas. Allí pueden estar un máximo de seis meses, aunque el período de aislamiento se relaja al mes y medio, cuando pueden ver a la familia.

Medios mejorables

Los medios con los que cuenta la comunidad son siempre mejorables, sobre todo por la continúa y necesaria labor que realizan. De ahí que las instalaciones necesiten alguna remodelación y sea necesario recuperar algo del pulso económico. El centro recibe ahora algo más de 840.000 euros de la Xunta -forma parte del Sergas-, cuando en el pasado la ayuda fue de más un millón. Y los casos no bajan. La próxima semana entrarán tres nuevos.

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