De Marita Ron a Aniceto Rodríguez


«A ver, niños, venid conmigo. ¿Queréis unos caramelos?». Y Aniceto Rodríguez, embozado en su eterna bata gris de dril, abría dos enormes tarros de cristal y sacaba con sumo cuidado, como testando la elevada categoría de lo que escondía entre los dedos, unos caramelos de naranja y de limón que, con mucha ceremonia, nos entregaba a mi hermano y a mí, absortos ante aquel ritual. Lo cierto es que jamás he vuelto a probar otros como aquellos: cilíndricos, de un color y un sabor intensísimo… ¡Deliciosos! Aniceto tenía el mejor producto de la ciudad, por eso era caro; todo en su tienda de ultramarinos era selecto, seña de identidad de su prestigioso negocio, y los caramelos, por supuesto, no iban a la zaga.

Desde que se hizo con las riendas en 1930, él mismo viajaba en busca de alimentos excelsos en unos años en que muy pocos salían del país. En su tienda se proveían hasta los Franco cuando venían al pazo de Meirás. En ella se conseguían exclusivas como el aceite de oliva Betis o el vino Marqués de Murrieta. Los que la frecuentaron en sus tiempos de esplendor recuerdan con entusiasmo la mantequilla a granel, un delicioso cordero lechal, bacalao de Escocia o las mejores conservas, como los espárragos de Navarra que llegaban por Navidad o los frascos de melocotón en almíbar. Aniceto, pionero del delicatesen, fue el primero en Coruña en vender jamón de Jabugo, que tenía tanto predicamento como sus lacones, chorizos y legumbres secas.

El ultramarinos había nacido en el Cantón Pequeño en 1815. Entonces se llamaba Dans. En 1880 se trasladaba a un local más reducido, su ubicación definitiva, y en 1930 pasaba a manos de Aniceto, que le puso su nombre. El cierre sobrevino en septiembre del 2012, pero cuando parecía que la memoria del local se perdería para siempre aparecieron los hermanos Ron con su proyecto de hostelería, Marita Ron (el nombre de su abuela). A ellos hay que agradecer una magnífica reforma que mantuvo el suelo de baldosa, los mostradores, aquellas enormes básculas, las lámparas... Por desgracia, la aventura de Marita Ron ha llegado a su fin. El edificio del Cantón Pequeño 23 será reformado y, si otro proyecto hostelero no lo evita, se esfumarán los vestigios de aquella tienda con aspecto de viejo almacén y ese aire de loft que confieren los techos altos.

Marita Ron se lleva consigo los cimientos de Aniceto. Una pena. Parece que no todo lo antiguo resiste bien el paso de los años… Sin embargo, la vieja cortadora de fiambre, de 1930, funcionaba aún como el primer día, y el recuerdo de aquellos caramelos de naranja y de limón ahí sigue, suspendido en la memoria del tiempo, en estas líneas y en el recuerdo agradecido de varias generaciones de coruñeses.

Por Alfonso Andrade coruñesas

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