Una vez estuve a punto de escribir un relato perfecto. Fue durante una de esas largas y aburridas reuniones mensuales con las que la aristocracia empresarial pretende que los trabajadores, con su presencia y silencio, se sientan parte de la compañía. Apoyado en un PowerPoint repleto de gráficos en forma de barras, de círculos, de curvas que ascienden o descienden según como se mire, el jefe repasaba cosas tan relevantes para un tornero fresador como el Ebitda o el Free Float de la empresa. En mi caso aquella letanía financiera me sumió en un estado de vigilia vegetal del que germinó un relato nítido y rollizo. Era muy original, breve como las buenas despedidas y tenía la contundencia de un peso pesado al que le han puesto los cuernos. El «bueno, bonito y barato» literario con el que todo escritor aficionado espera dar la campanada en un foro de Escritura creativa. Estaba tan bien ensamblado que simplemente había que trasladarlo, palabra por palabra, del limbo al papel. Y en esas estaba cuando mi jefe, en absoluto cansado de oírse la voz durante hora y media, decidió democratizar su monólogo ofreciéndose a responder las dudas que tuviésemos. Esta era la señal no pactada para que alguno de los responsables de departamento le pusiéramos en bandeja, con la primera chorrada que se nos ocurriera, otros treinta minutos para seguir hablando sin decir nada.
El silencio que siguió a su ofrecimiento pronto empezó a interferir con mi trasvase literario. Al principio noté cómo algunas palabras del relato ya no eran legibles, pero todo fue a peor, con frases enteras de ese magnífico texto saltando por los aires, cuando mi jefe no se resignó a dar por zanjada la reunión y volvió a la carga con un «me resulta curioso que nadie tenga ninguna duda». Desbordado, traté de simultanear la búsqueda de una pregunta que me hiciese libre con mi labor literaria pero el relato ya se filtraba como un puñado de arena entre mis dedos.
Al final, de aquella fantástica obra solo me quedaron un par de frases sin mucha chicha y un mal final, de esos que llaman abiertos.
Eduardo Martínez Amor (Sada, 44 años) es metalúrgico.