«De aquí me iré a San Amaro sin ascensor»

La Voz

OLEIROS

10 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Milagros y Javier viven en zonas distintas de la ciudad. No se conocen, pero aun así tienen algo en común. Los dos residen en edificios antiguos sin ascensor. «Una cuando es joven puede con todo», suspira Milagros desde el sofá. Tiene un salón amplio y luminoso. A sus 78 años, vive sola en un tercero en la calle Cabo Santiago Gómez, una perpendicular a Juan Flórez. Dice que, a medida que pasa el tiempo, nota que le cuesta más subir los peldaños desgastados de la escalera de madera. Hace el pedido una vez al mes y el resto de los días va subiendo la compra. «Ahora para comer venía desfallecida», pero ni ella ni sus vecinos se plantean poner ascensor, porque «como no sea por la fachada -bromea-, no hay hueco».

Javier es comercial de un banco y lleva 12 de sus 56 años viviendo en San Andrés, en una casa de más de siglo y medio. Él sí tiene hueco para un elevador, aunque, por ahora, los vecinos no piensan meterse en obras. «Hace unos años pedimos que se hiciera un estudio pero nos coincidió con la reforma de la fachada», aclara Javier, que tiene una vecina septuagenaria muy interesada en este servicio. En el segundo vive una pareja joven, que acaba de tener un bebé y se ven forzados a dejar el carrito en el hueco de los contadores. En el primero hay unas oficinas, que no están muy por la labor de pagar por la instalación; «dirán que tienen unos clientes muy sanos», comenta con una sonrisa. Además, cuenta que tendrían que hacerse con parte del bajo y los propietarios piden mucho dinero. Al rato Javier admite que tiene un elevador. Ironías de la vida: «Tengo una plaza de garaje con ascensor». Luego cruza la calle para ir a casa y subir cuatro pisos.

Ayuda familiar

«De aquí a San Amaro», afirma Milagros. No tiene pensado irse de su casa sin ascensor, porque esa es su zona -«lo tengo todo a mano, no necesito autobús, conozco a los vecinos...»-, aunque después reconoce que cuando se hizo un esguince se vio obligada a emigrar a la casa de su hija, porque ella sí que tenía ascensor. Un caso similar le pasó al hijo de Javier, que se las veía y se las deseaba para subir las escaleras con la muleta, después de sufrir una lesión jugando al fútbol. La vecina de Cabo Santiago Gómez sigue explicando con cierta añoranza por qué no quiere mudarse a un piso más moderno: «Esta casa tiene los mismos años que yo, la inauguraron mis suegros». No solo es el ascensor, están los recuerdos. Ella empezó a vivir ahí cuando se casó. Luego, su marido, que trabajaba en Correos, le había prometido cambiar de casa, para mudarse a la zona de Zalaeta, a un edificio construido en régimen de cooperativa, pero al final ella lo rechazó porque le daba pereza. «Ahora no lo dudaría, teniendo ascensor...», aunque en seguida se corrige. Como en su casa, en ninguna parte.

Javier tampoco tiene pensado mudarse: «No es la casa heredada de mis padres, pero está céntrica y he vivido siempre por esta zona». Cuando sus hijos eran pequeños, se fueron a vivir a Oleiros, pero su mujer decidió volver y se decantaron por San Andrés, porque, al no tener ascensor, les salía más económico.

«Como no sea por la fachada, no tenemos hueco para poner un ascensor»

Milagros

«No es la casa heredada de mis padres, pero está céntrica y bien situada»

Javier