Miguel

JOSÉ A. VÁZQUEZ BARQUERO

MIÑO

DESDE LAS AULAS | O |

07 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

¡MENUDO susto nos llevamos en casa! Mi hijo Miguel, inquieto como cualquier niño de seis años, el martes pasado se rompió un brazo al salir despedido de un tobogán. Nada que sea insuperable a su corta edad. A pesar del impacto del momento, dentro de unas semanas la cosa se quedará en una simple anécdota. Una más en el ya extenso currículum de la criatura. «Sae o pai», que dicen en Barra de Miño. Esto de la paternidad cada vez se pone más complicado. No sé ustedes, pero yo echo en falta una Escuela de Padres. Un ámbito académico donde nos ilustren a los neófitos e inexpertos progenitores en el noble arte de educar y velar por nuestros hijos. Porque lo que hacemos a diario no deja de ser voluntarismo. Nadie nos ha preparado convenientemente para realizar las tareas más elementales de la vida. Y a la postre estas son las más necesarias y complejas. Eso sí, el sistema nos atiborra de matemáticas, historia y otras lindezas. Pero de lo básico y cotidiano, cero patatero. Por eso es de agradecer el buen hacer de los que se dedican a la cosa pública. En nuestro caso, de los magníficos profesionales del Servicio de Urgencias Pediátricas del CHOU. Gracias por todo y os debemos una. Bueno, más bien varias.