Este pico es un instrumento de precisión

Las agachadizas comunes encuentran su alimento en los suelos más húmedos


Trabaja con más ahínco que una máquina de coser. Sondea el fango con su largo pico mediante un afanoso y acelerado sube y baja que sólo detiene para engullir los gusanos que así obtiene. O para echar una mirada rápida alrededor. En su caso, el alrededor es algo verdaderamente asombroso. No llega a la visión de 360 grados que disfruta su pariente de los bosques, la becada, pero no anda lejos. La situación de sus ojos, a ambos lados de la cabeza y bastante elevados, le permiten mantenerse atenta a cuanto sucede en su entorno.

De modo que cada vez que tengo una ante mí, como ahora mismo junto al puente medieval de O Burgo, no dejo de preguntarme cómo hará su pequeño cerebro para gestionar la cantidad de información que le llega.

Actividad multitarea

Porque a la vez que no pierde detalle de su entorno, la agachadiza común descifra, a través de ese pico tan particular, todos los secretos del suelo que pisa. Podría parecer que lo usa con mera eficacia, más o menos como un par de palillos chinos en manos de un ejecutivo de Hong Kong con sólo unos minutos para comer. Sin embargo, la cosa es mucho más compleja. Ese pico es todo un instrumento de precisión. De hecho, se parece más a una terminal de información financiera que a unos palillos.

Su extremo está repleto de un tipo de terminaciones nerviosas denominadas corpúsculos de Herbst. Su función es detectar los pequeños movimientos que se producen en torno al pico cada vez que entra veloz en el lodo. O lo que viene a ser lo mismo, las potenciales oportunidades de negocio. En el caso de la agachadiza, su inversión consiste en un esfuerzo constante de prospección. Y los beneficios, en nutritivos invertebrados.

Un plumaje muy especial

Intento hacerle una foto, pero trabaja con tal rapidez que la cabeza no deja de aparecer movida. Lo que sí se ven bien son las plumas del resto del cuerpo. Son muy hermosas y útiles a la vez. Perfectas como camuflaje en estos ambientes que tanto frecuenta. Presto atención a su cola. En primavera, los machos se elevan a muchos metros de altura sobre los pastizales en que crían para producir con las plumas más externas un sonido algo parecido al balido de una oveja.

Aquí lo más habitual es escucharlas cuando, de paseo por un prado húmedo, las obligas, sin pretenderlo, a levantar el vuelo. Se alejan entonces de ti en un rápido zigzag a la vez que emiten una raspante protesta.

Guardo la cámara y me dedico a observar a esta con los prismáticos. Para ella soy un elemento más de este paisaje semiurbano que hoy compartimos. Un paisaje, eso sí, que ella y yo percibimos de forma muy diferente. Ella, a su manera de agachadiza. Yo, a la mía de pajarero. Y el resto de humanos, animales y plantas con el que lo compartimos, a la suya, tan de su especie y tan personal a la vez.

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