Con los tatuajes al sol

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA CIUDAD

05 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En cuanto aprieta el calor y los coruñeses desnudamos nuestros cuerpos al sol, salen a la luz todas las cicatrices con las que nos decoramos. Y no hablo de las estrías, no, ni de las lorzas que tratamos de esconder a cualquier edad, tampoco, si no de dibujos: se pasean los tatuajes en la orilla de las playas en todo su esplendor, estos días. Esos chiquititos con los que se aventuran los que empiezan a dibujarse, o los que se ocultan a los padres durante el invierno. También los inmensos que recubren medio cuerpo (o el cuerpo entero) y que casi no hay abrigo que esconda. Pero la cosa ha pasado de unas flores, un amor de madre, unos corazones y algunos caracteres chinos, a convertirse en algo mucho más elaborado. Esta semana paseaban por la playa de Oza una recreación de un antiguo retrato de pareja (¿los abuelos? ¿los padres?) en el hombro de un chaval, y el rostro casi calcado de un niño en el pectoral de otro. ¿Saben esas medallitas en las que se plasma el retrato de un ser querido? Pues algo parecido, pero en un pecho depilado.

Y eso que lo de realismo, al parecer, no es lo que más se lleva entre los amantes del tatuaje en la ciudad, según la experiencia de Iván Iglesias, de la barbería y estudio Old Glories del Orzán. «La gente suele buscar su tatuaje en el de los demás», cuenta. Y tiramos de foto recién encontrada en Internet... como cuando vamos a la peluquería con el pantallazo del último corte de pelo de Selena Gómez, por ejemplo, y pretendemos que nos quede como a ella. Vamos, que somos poco originales con esto de la aguja y la tinta y seguimos la corriente del momento. Iván tiene claro que «si se pone de moda tatuarse en blanco y negro, toda la santa ciudad va en blanco y negro».

Sin embargo, hay quien ha nacido para no seguir las normas. E incluso para no dejar un solo rincón de piel libre de colores. En la orilla lucía palmito un señor al que solo le quedaba limpio un pedazo de torso. En el resto del cuerpo, subiendo por las piernas, se enroscaban flores y diseños tribales, que continuaban por los brazos y la espalda, espalda que se cerraba con unos enigmáticos números romanos, justo debajo de un pequeño párrafo. Y es que dice Iván que «es como una cajita de Pandora, una vez que empiezas no paras... te miras a ti mismo y te parece que estás cojo» si ves un hueco.

Mientras pasaba el enésimo tatuado de la tarde, pensaba en la mala leche del Roald Dahl más adulto, el de los relatos macabros, capaz de convertir un inmenso tatuaje en la espalda de un viejo en objeto de deseo de alguien sin escrúpulos. Aunque supongo que a luz del sol, en la orilla de Oza, o a punto de introducir la aguja cargada de tinta en la piel, nadie puede pensar en un viejo cuento de terror.