Tim Behrens poniéndose el abrigo

Tim behrens en 1999
Tim behrens en 1999

Se apagó la mirada de Tim Behrens, el pintor que con un solo ojo veía mucho más lejos que sus congéneres. El otro ojo, el que llevaba tapado con un parche de elegante corsario inglés, era el que miraba hacia dentro, que es el único lugar al que hay que enfocar cuando de verdad se quiere ver y no observar.

Tim behrens en 1999
Tim behrens en 1999

Desde hace treinta años, Tim formaba parte del paisaje urbano y humano de A Coruña. Navegaba por su particular microcosmos, entre la casa de Celas de Peiro, al pie del monte Xalo, y la calle Huertas. Deambulaba, charlaba, bebía y vivía en un dédalo mínimo de calles: San Andrés, Alameda y Durán Loriga. Paraba mucho en el Calypso, en la esquina de San Andrés y Alameda, y en O Miño, en Durán Loriga, cuando todavía se llamaba O Miño y era una cafetería de señoras con cardado trasegando su albariño y niños merendando bocatas de Nocilla.

En los buenos tiempos, su amigo César Otero, otro pintor que miraba siempre a lo lejos, lo llevaba hasta la calle Compostela, a Casa Enrique, que es donde yo lo recuerdo hablando mucho con César, rompiendo tópicos, prejuicios, lugares comunes y a veces alguna de aquellas jarras de cerveza llamadas botijos, que eran más frágiles que la entusiasta conversación de los artistas.

Porque lo que más le gustaba a Tim Behrens era hacer añicos los mitos, las palabras pomposas y la solemnidad de los pedantes que sobrevuelan como aves carroñeras la cultura. Cuando le insistían en el honor de pertenecer a la Escuela de Londres, junto a Lucian Freud y Francis Bacon, él replicaba que la suya no era la escuela londinense, sino la escuela coruñesa.

En febrero del 2005 protagonizó, aunque involuntariamente, otra quiebra épica de los estériles iconos de nuestro tiempo. Ese día, la galería Christie’s de Londres subastó dos lienzos de Lucian Freud. En uno aparecía la modelo Kate Moss desnuda y embarazada. Se vendió por 5,9 millones de euros. El otro se titulaba Hombre pelirrojo en una silla. El pelirrojo, claro, era nuestro Tim y su retrato se fue en la puja hasta los 6,2 millones de euros. Aunque a Behrens le repugnaba que un cuadro pudiese valer más que una casa, el dinero cometió ese mañana en Londres un extraño acto de justicia poética.

Hablando en una ocasión sobre Lucian Freud y César Otero, tal vez las dos personas con las que compartió más horas, más copas y más palabras, dijo muy serio que se quedaba con el pintor coruñés:

-¿Cuántos cuadros buenos tienen los dos? Digamos que Lucian a lo mejor tiene tres o cuatro y César tal vez tiene diez.

Escribía -y cómo- y tituló uno de sus libros Poniéndose ya el abrigo. Porque en la vida estaba siempre a punto de largarse.

Tim deja viuda, un hijo y una mesa del Calypso con vistas a San Andrés.

Por luís pousa Coruñesas

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