«A los 77 uno se enamora hasta las trancas»

A CORUÑA CIUDAD

Al coruñés Carlos Barral lo apodaron el viudo del chándal por su afición al deporte y su condición personal. El luto envolvió dos matrimonios, pero no renunció a la felicidad y volvió a casarse. Desde el 2004 Lucita ocupa su corazón

12 may 2013 . Actualizado a las 13:43 h.

A Carlos Barral la vida lo ha situado en el optimismo, porque, según él, es la única manera de sobrevivir a las desgracias. «Hay que ser positivos y rodearse de cariño para que tu alrededor gire en torno a la ilusión», apunta quien a los 77 años sigue apostando por buscar la felicidad con una entrega que para sí quisieran muchos de 20. «Hago mucho deporte, lo he hecho siempre, he jugado mucho al fútbol y ahora, además de ir al gimnasio, salgo a correr. A mí me conocían como el viudo del chándal», bromea, porque si pone el retrovisor, de su historia brota un anecdotario que es imposible igualar. Pese a que el luto envolvió dos matrimonios, su vocación irredenta hacia el amor lo ha animado a volver a casarse. «A los 77 uno se enamora hasta las trancas exactamente igual que de chaval, te late el corazón lo mismo, aunque es cierto que es un amor más tranquilo en otros aspectos». Lucita, su mujer, es 11 años más joven y entre los dos suman cinco hijos, pero no tienen ninguno en común porque su historia fructificó en el altar hace solo nueve años, en el 2004. «En realidad -señala Carlos- nos conocíamos de toda la vida, éramos vecinos del mismo edificio, y un día nos encontramos los dos viudos y le dije: ' ¿Que facemos os dous aquí falando inglés?'».

Esa frase resume con retranca coruñesa una vida que Carlos ha cogido siempre por los cuernos, y que en su caso nada tienen que ver con la infidelidad: «Yo si estoy con una mujer lo estoy al cien por cien, lo único que siempre dejo claro es que para mí el deporte es fundamental». Al ejercicio físico achaca él un espíritu inmejorable que se refleja no solo en su aspecto («y en la testosterona»), sino también en su cabeza -«la que lo domina todo»-, por eso se mantiene activo mentalmente, viajando, y prefiere rodearse de gente más joven, cumpliendo el tópico masculino. «¿Enamorarme de una mujer mayor que yo? Jamás. Yo necesito una cara joven a mi lado, las de mi época envejecen muy mal. ¡Se meten en esas asociaciones de viudas a hablar de los nietos y los hijos!», se justifica de manera pilla culpando a la genética: «Mi padre era igual, tenía 90 años y siempre giraba la cabeza para atrás». Hoy su ilusión es Lucita, a quien dice demostrar su cariño con «hechos» más que con palabras: «Estoy entregado a ello. Sabe que me tiene y nuestras familias están encantadas. Aborrezco profundamente -insiste- a los hijos que se oponen a la vida de sus padres, como los de Di Stéfano. Yo no dejaría de casarme por ellos, cada uno debe buscar su felicidad, y el tema económico conviene arreglarlo aparte». «Esa es mi filosofía de vida... y sortear los semáforos», concluye socarrón mientras Lucita lo abraza.