«Mientras queden libros por leer...»

Sigue en activo porque el trabajo le permite gestionar su propio imaginario


Hay personas con las que te pones a hablar un martes y se te echa encima el sábado. De las cosas, de los hombres, del saber... del no saber. Manuel Sánchez Salorio (A Coruña, 1929) es un sabio de los de antes incrustado en los tiempos de ahora. A la sombra de semejante árbol, lo mejor que podría pasarte es que una de sus manzanas, aunque sea de refilón, te caiga en la cabeza.

-Qué bonito eso que dijo de usted Gerardo Crespo cuando lo nombraron coruñés del año: es un maestro de los ojos. Y más cosas buenas...

-Eso es la demostración de la certeza de una frase de Rilke que dice que la fama es la cristalización de errores alrededor de un hombre [carcajada]; antes, los errores entraban y salían. Ahora van cristalizando.

-Cosas de la edad...

-Supongo que despierta cierta simpatía un octogenario como yo que todavía anda por ahí funcionando.

-Hay quien suspira por jubilarse a los 55 y usted, sin embargo...

-Etimológicamente, jubilarse debería ser alegrarse, es la misma palabra que júbilo. ¿Por qué hay diferencias en unos y otros? Creo que hay diferencias que dependen de uno y diferencias que dependen de lo que uno hace. No es tan clara la diferencia entre uno y lo que uno hace. Pero creo que desea más jubilarse el que hace un trabajo que no es creativo. No hay que olvidarse de que el trabajo es una condena: el verbo probablemente venga de tripaliare. El tripalio era un artefacto que tenía tres palos y que se pinchaba a los bueyes para que tirasen fuerte del arado. Evidentemente, si tienes una ocasión de conseguir que no te pinchen todos los días con tres palos, desde las ocho de la mañana hasta las siete, se comprende mejor que te quieras jubilar. Pero si tu trabajo te permite gestionar tu propio imaginario, es mejor no provocar una especie de hendidura entre un antes y un después. Decía ahí atrás el decano de Medicina: «Lo que más me gusta es ver a Salorio jubilando a sus discípulos» [risas].

-¿Qué ha podido ver en todos estos años un oftalmólogo a través de los ojos de los demás?

-No se puede hacer mucha metáfora en ese sentido. Pero, ciertamente, la mirada sí puede ser expresiva de situaciones interiores, de sentimientos... Eso sí que es cierto. Pero un ojo es un órgano como otro cualquiera, privilegiado, sí, por muchísimas razones. Ver constituye el 90% del input sensorial, el cerebro es visual. El sentido de la visión es muy importante desde el punto de vista biológico, desde todos los puntos de vista. Si quieres más rollo, te lo suelto, pero no te va a caber la entrevista y vas a tener que quitarle a la columna de Fernanda o al anuncio de abajo... [risas].

-Qué duro no poder ver...

-No se vive como tal. Los ciegos tienen una sabiduría especial y bastante resignación. No hay un ciego malo, salvo el del Lazarillo. En la literatura no hay delirios con los ciegos. Sí que hay una situación tremenda, que es la del que está viendo y, a causa de una enfermedad, sabe que no va a ver. Saber que no vas a poder leer, reconocer una cara... eso es angustioso y cada uno lo vive de una forma. Pero la ceguera, en general, es asumida con una cierta sabiduría.

-¿Ya se ha puesto con sus memorias?

-Me las piden. Pero no apuntaba nada, no tendría capacidad de hacer historia novelada, esas cosas muy divertidas de leer pero que son un escándalo. Sí me gustaría la idea de recuperar cosas que escribí, comentarlas... Decía Schlegel [habla en alemán]: «La vida es una conversación interminable». Eso es lo que tenemos que conseguir, seguir hablando con uno mismo. ¿Cuánto te favorece o no la jubilación seguir esa conversación interminable? ¡Ese es el asunto clave! La definición más perfecta de la vejez es un verso de Mallarmé : «La carne es triste, ¡ay! y todo lo he leído». Mientras queden libros por leer, el problema es la carne.

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