El cerco carga pilas para el lance vasco

Sara Ares CORRESPONSAL | NOIA

A CORUÑA CIUDAD

SIMÓN BALVÍS

Reportaje | En la antesala de la costera de la anchoa Varios barcos del puerto coruñés de Portosín zarparon ayer rumbo al golfo de Vizcaya con la despensa repleta de víveres y deseos de llenar las bodegas de bocarte

16 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Mientras los vascos vivían ayer su jornada de reflexión en vísperas de las elecciones autonómicas, a la tripulación de varios barcos del cerco con base en el puerto coruñés de Portosín no le cabía la menor duda sobre la opción por la que decantarse a estas alturas de la temporada. Estaba claro: había que poner rumbo, GPS mediante, al golfo de Vizcaya para apostar todas las cartas a la costera de la anchoa. Destino: puerto de Pasajes. Hora prevista de embarque: diez de la mañana. Los 12 tripulantes del Romina Segundo y los del Vamos Indo Sete , en el que a pesar del nombre están enrolados 13 marineros, empiezan a llegar con cuentagotas, armados con sus petates, al muelle, donde una furgoneta cargada de barreños con carne de cerdo salada y aceite, entre otras viandas, aguarda por los brazos que se ocupen de cargar la mercancía en las despensas. Pasado un rato, prosigue el desfile gastronómico: cajas de lechugas, repollos, tomates, pollo, ternera, empanadas... Y el cocinero del Romina Segundo que se mosquea ante la pasividad del personal: «Oes ti, fai aljo e axuda coas caixas que lojo tamén as de querer comer a ensalada». Luis Carreño, patrón del Vamos indo sete , colocado en paralelo y propiedad del mismo armador, mete baza: «Non gardedes toda a comida no voso». Desde la otra cubierta, replican: «Non te preocupes que é a mesma casa, pero con dous pisos». Garantizada la manduca, quedan por subir a bordo más de mil cajas de plástico para el bocarte (las de madera que usan en Galicia no valen para el Cantábrico) y los barriles del aceite para el barco, además de cargar las neveras con unas dos toneladas de hielo. Desde tierra, los más veteranos, ya jubilados, endosan su porción de guasa mientras contemplan los preparativos: «Traédeme unha vasca cando veñades», «mándame un xiro á miña conta». Entre chanzas, zarpan pasadas las doce. Por delante les espera una travesía de casi cuarenta horas de un tirón, si el mal tiempo no obliga a amarrar por el camino, y el consuelo de que cada quince días el armador fletará un bus para que puedan pasar el fin de semana con la familia (el trayecto dura doce horas). ¿Merece la pena la costera de la anchoa? «Se a campaña sae ben, sacamos alí nun mes o que facemos aquí todo o ano», sentencia Francisco Carreño, patrón del Romina . Lo malo es que los colegas que llevan allá una semana no han visto aún un bocarte delante; sólo han cogido chincho.