FELIPE GARCÍA CASAL LA MIRILLA
09 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Cuentan quienes le conocieron que Ramón Gómez de la Serna poseía el don magnífico de encandilar con la palabra y con la profundidad de su contenido; pero para quienes, por profanos, vemos en la literatura la ocasión de sumergirnos en un mundo de belleza simple y comprensible, los vericuetos en el decir o su encriptamiento no hacen sino restar parte de la belleza que buscamos. Sentado en mi asiento del salón de conferencias del Casino y escuchando a Consuelo Liñeira no pude menos que admirar la capacidad de esta mujer para, como en un maravilloso prodigio holográfico, proyectar en la virtualidad de nuestras pupilas, La Coruña de los años cincuenta, sesenta, o setenta. Así pues, pudimos oler los tulipanes de Molina, cerrar los ojos y sentir los boleros de la Parrilla del Atlántico y hasta hablar con personajes de aquellos años, a quienes Consuelo con dos trazos, como en su pintura figurativa, perfila y extrae de los discos duros/blandos del recuerdo. Allí no cabía un alma y Consuelo Liñeira como acostumbrada al éxito, con esa forma tan coruñesa de estar, desgranaba recuerdo tras recuerdo ante un auditorio al que había logrado hechizar. Consuelo Liñeira eleva a la categoría de literatura, de retórica, el acontecer de cada día, contradiciendo así a Vázquez Figueroa quien amargamente escribiera: No me lo cuente tan bien cuénteme algo. Consuelo cuenta mucho y lo cuenta muy bien. Bajando la escalera que no hace mucho condujera al bingo, recordé a ese comunista, poeta y limpio de espíritu, Raúl del Pozo, que un día se quejaba: «Maldigo a los directores de escena que han echado a la gente al bingo». Yo añado, que los productores teatrales, o como quiera que se llamen, contraten a gente como Consuelo Liñeira, ellos por sí mismos son el éxito. P.D.: Sir Paco, apretada agenda y coruñés de pro estaba allí. felipegarcia@airtel.net