Hijos


Ferrol

El ayuntamiento de Coirós ha decidido subvencionar con 3.200 euros el nacimiento del quinto hijo de la familia (por el primero conceden 1.000 €, y la cantidad va creciendo con los siguientes hasta llegar a la ya citada para el quinto). Quizá por este motivo, es de los pocos municipios de la zona que, en lugar de perder habitantes, los está ganando. Sin duda, es una forma de ayudar a que nazcan niños, aunque sea modesta. Esta escasez actual de nacimientos es también un ejemplo de lo mucho que han cambiado los tiempos. En mi infancia abundaban las familias numerosas. Mis mejores amigos tenían cinco o seis hermanos. En sus casas no había un juguete comprado. Se jugaba con lo que iban inventando manualmente, y, sin embargo, esos hogares humildes y austeros tenían para los que éramos sus amigos un encanto y una atracción especiales. El ambiente familiar era de colaboración en el trabajo, fuera y en casa, y la relación entre padres e hijos era cercana y cariñosa. Mi amigo Emilio me decía siempre que no le importaba no tener juguetes, ni tener que aprovechar pantalones y camisas de sus hermanos mayores, pero que sentía mucha vergüenza cuando acompañaba a su madre a una tienda y ella sacaba del bolso el carné de familia numerosa para adquirir algo un poco más barato. Eran las subvenciones que había en aquella época para ayudar a las familias a sacar adelante a sus hijos. Emilio nos comentaba a los amigos que él se avergonzaba porque, aquel papel, más que un carné de «muchos», a él le parecía un carné de pobres. Le molestaba que todos los que estaban en la tienda se enterasen, porque se podía ser pobre, pero no había por qué pregonarlo en cada tienda...

Hoy las ayudas son de otro tipo, pero, además de escasas, necesitan ser complementadas con otras que afectan al mundo laboral de la pareja, como la compatibilidad de horarios, la conciliación familiar, la igualdad de salarios, la implicación del padre y de la madre en las tareas domésticas… Solo así las parejas se animarán a tener hijos y se podrá luchar contra la caída demográfica que estamos sufriendo. Pero desde hace unos días ha surgido otro problema que puede entorpecer la labor de procrear. Y es que ahora no sabemos de quién son los niños que nacen en la familia. Según la ministra de Educación «no podemos pensar, de ninguna manera, que los hijos pertenecen a los padres». Yo no conozco a nadie que haya registrado a sus hijos en el Registro de la Propiedad. Quiero suponer que esta extraña señora quiso decir que, después de los 18 años en que alcanzan la mayoría de edad, los padres dejan de tener la patria potestad (patria potestas, así le llamaban ya los romanos), aunque eso no significa que no tengan que seguir pagando sus estudios, sus másteres, sus gastos corrientes… Hasta que se independicen. Quiero ser bien pensado y creer que se refería a esto. No quiero desconfiar de que se trate de un plan preconcebido de este Gobierno que, como bandera que es del progresismo, quiera aplicar ahora aquel catecismo del gran defensor de los Derechos Humanos que fue Stalin, el cual en su momento ya sentenciara que «los hijos no son de los padres y pertenecen a la Unión Soviética». Lo que esperamos de este Gobierno es que facilite a las parejas en edad de procrear las mayores facilidades para que puedan tener hijos, para que puedan criarlos y cuidarlos, además de educarlos según sus propios valores y creencias, que, en definitiva, es lo que dice nuestra Constitución.

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