Una avispa lo llevó al borde de la muerte

Un maderista de Coirós fue ingresado tras ser picado durante el derribo de un árbol en Chelo


Coirós / La Voz

Mientras medio Roquetas de Mar se echaba a la calle para celebrar el gordo de Navidad del día 22, justo en ese momento en que los vecinos se veían en el telediario, Manuel Vázquez abandonaba el Hospital A Coruña sintiéndose el hombre más afortunado del día. Cuando el champán se desbordaba por la localidad almeriense, este maderista regresaba a su casa de Coirós tras 24 horas críticas que a punto estuvieron de acabar con su vida por la picadura de una avispa asiática.

Manuel se encontraba en el bosque de Chelo talando eucaliptos en la sobremesa del día 21. Él y sus compañeros descubrieron un voluminoso nido en lo alto de un árbol. «A pesares de todo, decidín tirar a árbore cara un lado onde non íamos traballar», recuerda Manuel. Como el día era frío y lluvioso, confiaba en que la destrucción del nido con la caída supusiese también la muerte de las avispas. Pasado un rato, Manuel Vázquez accedió con el tractor a la zona en la que se encontraban los restos del nido de velutinas. «Despisteime», resume. Y el despiste le costó un picotazo en la cabeza de una avispa que, según Manuel, tenía motivos para estar cabreada con él. «Deixeina sen casa», ríe.

Las alarmas se desataron pasados unos veinte minutos de la agresión del insecto. Vázquez, quien llegó a tener colmenas y ya había recibido otras muchas picaduras fruto de su trabajo en los montes, comenzó a notar síntomas inéditos en su cuerpo. «Empezáronme a picar os nocellos e as monecas, saíanme grans nos brazos e no pescozo, inchábanseme a gorxa e os beizos», relata. Y todo ello al tiempo que se apoderaba de él una sensación de cansancio.

Entonces cometió un error que, por suerte, no tuvo consecuencias. «Eu mesmo fun no meu coche ate o centro de saúde de Betanzos». Y a medida que pasaban los kilómetros se encontraba mucho peor, hasta el punto de que al bajarse del vehículo tuvo que pedir ayuda a un desconocido que se encontraba en las inmediaciones. «Nunca lle estarei tan agradecido». Dice lo mismos de los médicos que le atendieron, de los que le acompañaron en ambulancia al Chuac, y de los que allí acabaron de recuperarle. Una vez revivido le comunicaron el peligro real que había supuesto esa picadura. «Se tardo unha ou dúas horas máis non o contaba, tiña pouquísima tensión». Hace algo más de veinte años su hermano sufrió un problema similar cuando conducía un camión cargado de uvas.

El 25 de enero tiene cita con el alergólogo. De momento, lleva consigo un inyectable por si se repite un episodio que le obligará a tomar con cautela su labor de maderista. «Téñolles medo», sentencia en alusión a la llegada de la próxima primavera y verano. «Eu aos Caneiros xa me pensaría moito ir, como haxa tantas avespas...».

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