Cuatro velas al Santísimo

Xosé Alfeirán

BETANZOS

ALBERTO LÓPEZ

La ofrenda del reino de Galicia a la catedral de Lugo fue instituida por la Junta del mismo en A Coruña en 1669

13 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El 19 de febrero de 1669, en A Coruña, la Junta del Reino de Galicia, constituida por los regidores representantes de las siete antiguas provincias gallegas -Coruña, Betanzos, Santiago, Lugo, Mondoñedo, Ourense y Tui- acordó que todos los años entregaría en ofrenda a la catedral de Lugo mil quinientos ducados para sufragar el coste de cuatro nuevas velas de cera blanca que ardiesen continuamente en el altar mayor donde estaba expuesto el Santísimo. Atendía así a una petición del cabildo lucense encaminada a realzar el culto eucarístico y a destacar el privilegio de tener expuesta permanentemente la hostia consagrada, símbolo que formaba parte del escudo de Galicia.

Días después, el 1 de marzo concertó por escrito las condiciones de dicho ofrecimiento que se haría, en nombre del reino, el domingo de la infraoctava del Corpus por el regidor más antiguo de la ciudad de Lugo y que, en caso de que algún otro regidor de las demás ciudades gallegas se encontrase en Lugo, lo haría el más antiguo de ellos.

La primera vez que se celebró esta ofrenda fue, según dejó constancia el archivero Pablo Pérez Constanti, en 1672, tras conseguir el permiso de la reina viuda Mariana de Austria, madre de Carlos II.

Desde entonces se repitió un mismo ritual que se mantuvo casi sin alteraciones. A las tres de la tarde del sábado víspera de la infraoctava del Corpus se reunía la corporación municipal de Lugo y demás autoridades en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Después salían procesionalmente con maceros y banda, presidiendo el concejal designado por el Ayuntamiento para hacer la ofrenda. En la comitiva también iba un niño escogido inicialmente entre las familias distinguidas y a partir de 1912 entre los asilados de la Beneficencia Municipal. Era el encargado de llevar el cofre que contenía la cantidad de dinero ofrendada que a comienzos del siglo XX era una onza de oro.

Al llegar a las puertas de la catedral, la comitiva se detenía, saliendo a recibirles el cabildo. A continuación, el oferente, acompañado por dos capitulares, entraba en el templo y ocupaba una silla en el coro, mientras el Ayuntamiento y las autoridades se situaban en los sillones preparados en el lado del Evangelio. Terminadas las vísperas cantadas, el Ayuntamiento se retiraba.

Al día siguiente, domingo, por la mañana, se repetía idéntico ceremonial hasta la entrada en la catedral. Durante la misa, en el momento del ofertorio, el concejal oferente tomaba de manos del niño el cofre con la ofrenda y de rodillas ante el altar mayor leía o pronunciaba un discurso de ofrecimiento al Santísimo en el que solía hacer profesión de fe y solicitaba el amparo divino para los reyes, las autoridades y el pueblo. Le contestaba el obispo hablando sobre la eucaristía y la importancia del acto. Acabada la misa se realizaba una procesión. Con el paso del tiempo el ritual fue perdiendo solemnidad, convirtiéndose en un simple recuerdo histórico. El 20 de junio de 1920 entró en Lugo como obispo fray Plácido Ángel Rey Lemos. Estaba decidido a trocar la situación.