Cuando esto pase

Alberto Saco FIRMA INVITADA

ARTEIXO

Calle San Miguel, vacía por el estado de confinamiento
Calle San Miguel, vacía por el estado de confinamiento MIGUEL VILLAR

Cuando esto pase. La frase que seguramente más estamos repitiendo en todo el mundo. Hay un montón de encuentros pendientes, amistades recuperadas, cosas por hacer ahí fuera. Promete ser una gran fiesta por la vida. Estamos acudiendo a un hito en la historia de la humanidad. Pero no olvidemos las pérdidas humanas y económicas (en ese orden). Que nuestras pérdidas no hayan sido en vano. Nadie puede pretender salir ‘ahí fuera’ como si no hubiera pasado nada. Y podría haber sido mucho peor. Si llega a ser un virus más mortífero, como la gripe de 1917, no lo habríamos contado. Estamos aprendiendo (con dolor) muchas lecciones individuales y colectivas. Que la especie humana ha llegado a donde está no sólo mediante el esfuerzo de los ‘más capaces’, la competencia o la emulación. Si hemos llegado hasta aquí ha sido porque, a diferencia de otros muchos animales, cuidamos unos de otros. Ninguno de nosotros estaría en este mundo si alguien no nos hubiera cuidado. No lo olvidemos porque esa es la clave de la supervivencia de las sociedades y de los individuos que las componen. Estos días las noticias vuelan. Ya sé que una mala noticia siempre tiene más audiencia. Y que también hay que darlas. Como los miles de personas que mueren diariamente por no tener acceso a alimentos o agua. Por enfermedades infecciosas que hace décadas fueron combatidas con éxito. No creamos que volverá a ser posible nadar en la abundancia en un mar de desolación y miseria. El retorno será duro. Pero hay que saber mirar también las noticias buenas. Y tengo que reconocer que en mi vida había presenciado tantas muestras de humanidad en estado puro. No seremos perfectos, pero juntos hacemos una piña cuando es necesario y dejamos atrás nuestras rencillas. Gente ayudando a gente a la que no conoce de nada. Estados archienemigos asistiéndose entre sí. Un cambio radical en el orden de prioridades que deja aflorar lo mejor de nuestra especie en vez de pensar que estamos aquí para pegarnos con los demás por conseguir nuestro pedacito de riqueza. Porque la riqueza se construye colectivamente. Los gobiernos hacen obras y hospitales con la aportación de todos. Todo de lo que disfrutamos se lo debemos a otras personas que están lejos (en el espacio o en el tiempo), empezando por nuestros propios padres, fueran como fueran y pensaran como pensaran. La costumbre que comparten muchas culturas de rendir culto a los antepasados no es una tontería ni una superstición. No serían santos ni dioses. Pero gracias a aquellas personas es que estamos aquí. Y la gran mayoría dieron su vida (de un modo u otro) para que así fuera.

Cuando pase todo esto sabremos apreciar lo que vale un sanitario, un miembro de las fuerzas de seguridad o cualquiera de aquellos que velan constantemente por nosotros y nos protegen cuando es necesario. La lista sería interminable. Aunque no nos conozcan de nada ahí están, a nuestro servicio. Hay cosas que no se pagan con dinero. Cuando pase todo esto es posible que nos cueste volver a ver a nuestros semejantes como enemigos en potencia siempre y en todo lugar. Los veremos más como gente que nos ayudó (cada uno a su manera) a salir de este trance. Y, por qué no decirlo, nos veremos como ‘hermanos’ y ‘hermanas’. Ninguna vida vale más que otra. Y podremos apreciar que la fraternidad (últimamente tan escasa) es la clave para equilibrar la ecuación de la consigna de la Revolución Francesa. Sin ella ni la igualdad ni la libertad son posibles.

Cuando pase todo esto (y parafraseando al zorro de Arteixo) «non todo vai ser fútbol». Pero tendremos muchas otras cosas que compartir que no se basen en la perpetua rivalidad como manera de vivir (y morir). Y yo espero que apliquemos todas las lecciones que hemos aprendido (individual y socialmente). Y que salgamos inmunizados de ese virus social (la falta de empatía y compasión) que corrompía nuestra más profunda humanidad. ¡Mucho ánimo!