Un arquitecto de la miniatura

Es un artista. Solo trabaja con material reciclado y lo mismo hace una iglesia, un castillo como el propio edificio consistorial, su primer trabajo que hizo al llegar a Galicia hace 4 años, donde abrió un bar en el que expone parte de su obra


A Coruña

Miguel Castro Medina tiene unas manos creadoras. Arteixo ha ganado desde que este burgalés nacido hace 51 años en Miranda del Ebro decidió en el 2015 afincarse en Vilarrodís y abrir un bar en el Quinto Pino. De Castilla se trajo su arte, su afición y pasión por reproducir con materiales reciclados cualquier cosa que se le ponga enfrente y le llene. Con cajetillas de tabaco, pajitas, chapas, cerillas, pinchos o cualquier cosa levanta a escala un edificio, una iglesia, un joyero... Y todo se lo sacan de las manos. Porque su obra no la vende. Aunque bien podría. Es más, dice que le gustaría tener un local para exponer su trabajo. Que es muy extenso.

La primera «joya» que hizo al llegar a Galicia, hace 4 años, fue el edificio del Concello de Arteixo. Nadie se lo encargó. Se lo encargó el mismo «después de observarlo y pensar que podría hacer una réplica a escala». Hoy, esa maqueta la tiene el alcalde, Carlos Calvelo, en su despacho. Así cuenta Miguel Castro como surgió la idea: «Cuando llegué a Arteixo fui al concello a empadronarme. Luego fui a dar un paseo para conocer la ciudad y nada más poner un pie en la calle hubo algo que me llamó la atención de este edificio. Le comenté a mi prima que lo iba a reproducir. Así que empecé a hacerle fotografías. Al inmueble y al entorno. Así fue como conocí al alcalde, Carlos Calvelo, que me acompañó a la sala de juntas desde la que se podían tomar buenas imágenes del jardín y del entorno. Y me puse manos a la obra. Cuando lo terminé, regresé al consistorio y se lo cedí al alcalde para que lo expusiera, si lo veía conveniente. Y veo que tanto le gustó que lo tiene en su despacho y se lo muestra a todo el mundo. Fue mi primer regalo a Arteixo por acogerme como me acogió y no será el último».

Miguel Castro cuenta que esta pasión la tiene desde pequeño. Recuerda una anécdota que vivió junto a su madre y que terminó por animarlo a aferrarse a ser arquitecto de la miniatura. «Un día le hice a mi madre un Belén, también con material reciclado. Cuando empezaron a llegar visitas a casa y lo veían, todo el mundo quería uno. Y empecé a hacerlos. Al final, regalé 20. Todos distintos». Pero la joya de la corona, la obra por la que más amor siente, es un castillo que le regaló a su madre y hoy guarda en su casa tras su fallecimiento. Dice que todo lo hace porque siente «vida» cuando hace sus creaciones. Recuerda que en Arteixo ya lleva hechos varios joyeros. Todos los regaló. Algunos los hizo con una caja de vino, colonia... Miguel le pone vida a un trozo de cartón.

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