Se impone una mirada atrás, a cómo eran nuestras infancias de calle por la mañana y playa por la tarde
19 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.No sé muy bien en qué momento las infancias y las adolescencias se convirtieron en una hoja de Excel en la cual los padres se dedican a cubrir huecos para que sus hijos estén entretenidos todo el tiempo, haciendo cosas útiles, a ser posible. Pero cuando llega el verano, normalmente me encuentro con una conversación que resuena a mi alrededor sin fin. Se habla del campamento de baloncesto y del de pintura; del de surf, del de inglés jugando y del de cerámica creativa. También, claro, del mix que hace un poco de todo bajo un nombre rimbombante, y del que tiene salidas fuera de la ciudad y visitas culturales que hacen sentir a papá y a mamá que están encarrilando correctamente a la prole.
Y más allá de las necesidades de conciliación, a veces me pregunto si esta generación de padres no tendremos un síndrome, aún por categorizar, consistente en calmar la ansiedad cubriendo ese Excel que nunca se termina de completar del todo. Ese que, cuando lo sumas todo, te ha costado un riñón y que los beneficiarios viven como una sucesión sin fin de actividades y amigos efímeros de una semana, difícilmente saboreables.
Se impone ahí una mirada atrás, a cómo eran nuestras infancias de calle por la mañana y playa por la tarde. Justo en medio de eso, me comenta una preadolescente emocionada que fue a Riazor con las chicas de su clase y un bocata. Que el agua estaba helada. Que se rieron de unos que estaban al lado. Que jugaron a no sé qué juego. Que cantaron canciones... El brillo en sus ojos al contarlo me hizo pensar, precisamente, en lo guay que era todo eso que, a falta de un Excel, se convertía en nuestra rutina en los ochenta. Cuando los padres no tenían funciones de programadores de nuestro ocio y había que buscarse la vida.