Parece que los animales tienen un efecto terapéutico, que ayudan a que los tratamientos se adhieran, mejorando la autoestima, reduciendo la ansiedad y mejorando las habilidades sociales
24 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Han salido de debajo de la alfombra, pero siempre han estado ahí. La ansiedad, la depresión y los problemas de regulación emocional tienen hoy nombre y apellidos. Da la sensación de que, por fin, se toman en serio. Justo cuando aparece ese clima, afloran a la superficie. Esto genera la engañosa sensación de que hoy todo el mundo sufre estas dolencias, cuando antes, en el recuerdo idealizado, no pasaba nada. Igual que cuando pensamos que los chavales de ahora desfasan más que antes, conviene mirar atrás de manera realista. Encontraremos un retrato bastante más crudo: el de un mundo hostil para las personas sensibles y quienes no encajaban en el molde de la felicidad. Quizá no hayan cambiado tanto las cosas. Quizá unos miraban hacia otro lado y otros simplemente se las ingeniaban para no ser vistos. Pero las adolescencias atravesadas por problemas de salud mental siempre han estado ahí. Y siempre han sido un infierno.
Es más, eran peor antes. Lo pienso al leer que la Fundación María José Jove y la Fundación de Investigación Biomédica Inibic han puesto en marcha en el Hospital Teresa Herrera un programa con perros, dirigido a pacientes infantiles y juveniles con este tipo de problemas. Parece que los animales tienen un efecto terapéutico con estos pacientes, que ayudan a que los tratamientos se adhieran, mejorando la autoestima, reduciendo la ansiedad y mejorando las habilidades sociales, más allá de lo farmacológico. Esto en nuestro pasado ideal ni se planteaba. Porque, claro, los problemas escondidos no son problemas hasta que se ven. Y ahora toca solucionarlos. Espero que esos perros lo hagan mejor que los humanos de aquellos maravillosos años de dolores silenciados bajo el cielo azul.