En el mostrador de una panadería del centro, unos cruasanes parecían murmurar «¡escógeme, escógeme!» mientras sus compañeros de vitrina iban desapareciendo. Los que salían eran simples cruasanes
11 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Ahora que parece que hay más especialistas en café que en el Chuac, estamos en un punto sociológico en el que no está muy claro si es más moderno pedir un café con leche sin apellidos en el bar más simple del barrio que tener que admirar la carta de la cafetería como si fuera el catálogo de una exposición. Afortunadamente hay sitio para todos, desde los que toman el café en la barra a los que solo lo beben por la calle, como si para fichar en el trabajo en lugar de pasar una tarjeta tuvieras que mostrar el vasito de cartón.
Sospecho, eso sí, que el de toda la vida tiene más papeletas para sobrevivir en la hecatombe que se nos venga encima. En el mostrador de una panadería del centro, hace dos días, unos cruasanes parecían murmurar «¡escógeme, escógeme!» mientras sus compañeros de vitrina iban desapareciendo. Los que salían eran simples cruasanes, de los de mantequilla, más o menos afortunados. Pero los pobres abandonados lucían una extraña masa sobre el hojaldre. Como cuando haces en casa la receta perfecta de galletas, sigues todas las indicaciones y, a pesar de tu supuesta precisión, en el horno la masa decide desparramarse y cocerse a su antojo. Entonces recordé que hace algo más de un año se pusieron de moda los crookies, aquel cruasán relleno de masa de galleta. Estos tristes cruasanes coronados por masa de cookie tienen que ser la última derivada, pobrecitos.
Hay sitio para todos, desde las galletas de cortesía en su envoltorio de plástico a los rollos de canela a precio de lujo, pensé, pero cuántas rabiosas novedades acabarán como estos cruasanes con pretensiones, mientras sus hermanos mayores, un café con leche, unos churros, sobreviven más viejos y más sabios.