Yo, en la rebotica de la farmacia, hice hasta un hijo, y no exagero
12 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Leía estos días cómo muchos coruñeses despedían con lágrimas a sus farmacéuticos, a Cholo, en la plaza de Ourense, y a Pedro y a Carmen, en Atochas. Y los entiendo muy bien, porque a mí me quitan a Miguel y a Mónica (que me los guarden muchos años) y me da un parraque. Hay algo muy almodovariano en esa manera en que me comunico con ellos sin que necesitemos darnos explicaciones. A veces siento que entro como Carmen Maura, desesperada, con esa ansia del Minilip, pero cuando cruzo la puerta ya se me calma todo. Es una relación íntima la que se establece con el farmacéutico, mucho más cercana que con el médico y para muchos más segura, aunque solo sea por la tranquilidad que da saber que manejan como nadie la droga dura. Me entienden. Además, en las farmacias de barrio se dan más confesiones que en la iglesia y lo controlan todo. Son una fuente fiable (yo lo negaré siempre) y te conocen tanto como tu madre, porque solo con mirarte ya saben que no tienes receta y que te vas a marchar por donde viniste, pero con una caja más de paracetamol que te sirve como excusa por la visita. Yo, en la rebotica de la farmacia, hice hasta un hijo, y no exagero, porque allí, en un tiempo lejano, me ayudaron a pincharme una medicación que después me dio la vida y allí comprobé cómo se alegraron de que el predictor saliera positivo en un júbilo compartido entre cajas de ibuprofreno, progesterona y orfidales. Hoy son otras pruebas de confianza las que comparto con ellos, porque han sido testigos del desgarro doloroso, de la pérdida y del azote de los peores temporales. Pero a mí Miguel y Mónica, como a otros Cholo, Pedro o Carmen, me sostienen con la fórmula infalible de su sonrisa y su paciencia. Así curan parte de nuestros males. Nos escuchan. Y esa es una magnífica receta.