Alerta en el barrio coruñés de O Peruleiro por el regreso de los okupas a un edificio allanado desde el 2013

La Voz A CORUÑA / LA VOZ

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Una mujer pasa delante del número 29 de la avenida de Peruleiro, precintado por la Policía este jueves. MARCOS MÍGUEZ
Una mujer pasa delante del número 29 de la avenida de Peruleiro, precintado por la Policía este jueves. MARCOS MÍGUEZ Marcos Míguez

La Policía Local precintó la entrada pero los vecinos temen la vuelta a la robos y los intentos de agresión sexual

28 sep 2025 . Actualizado a las 22:22 h.

En la avenida de O Peruleiro han perdido la cuenta de los robos, tirones y abusos de todo tipo, también sexuales, que han sufrido los vecinos a manos de los okupas. Desde hace diez años al menos tres casas han sido allanadas en las cuatro calles que confluyen en la transitada espina dorsal que cruza el barrio. Y este jueves, al lugar donde empezaron los conflictos en el 2013, el número 29 —un inmueble de dos plantas, ya tapiado parcialmente—, tuvieron que regresar las patrullas de la Policía Local y Nacional para precintar un bajo en el que se habían vuelto a instalar los sintecho.

Desde el gobierno local niegan que haya okupas. «Es un punto que se vigila a diario para evitar que nadie se meta. Hubo un desalojo en el anterior mandato. Se vigila y esta semana se puso un candado por seguridad. El dueño está avisado y tiene previsto tapiar», señalan fuentes municipales.

En el barrio, sin embargo, varias personas aseguran haber visto a intrusos. «Forzaron la verja y entraron. La policía vino todos los días de la semana y ayer [el jueves] vinieron con guantes y material, entraron, hablaron con ellos, dicen que encontraron un montón de objetos robados y pusieron una cinta», apunta un hombre que regenta un negocio a pocos metros. También en una panadería situada justo enfrente afirman haber visto el movimiento.

Varias mujeres observan la verja retorcida y comentan los conflictos que trajeron aparejados los okupas en los últimos años. «Son muy jóvenes, muchos argelinos y marroquíes. Mientras son menores están en el centro de Palavea o tutelados en otro sitio, pero ya cuando cumplen 18 años se quedan en la calle. Y en la calle al final acaban con problemas de alcohol o drogas, adiciones que no les permiten cumplir las normas de Padre Rubinos, que está aquí al lado», explica Alicia, una vecina que conoce bien, por la experiencia de su marido, especialista en trabajo social, las aristas que cada día enfrentan los equipos de intervención. «Cumplen 18 años y se quedan en la calle, solos y sin tutela. Eso ellos. Porque el resto, nosotros también, con su mayoría de edad acabamos con un problema que antes no teníamos», insiste la mujer.

Lo que al principio se limita a la búsqueda de un techo pronto se cobra a las primeras víctimas, apunta otra vecina. «Atacan a las mujeres. A una chica la metieron para adentro pero consiguió salir. A otra la intentaron violar. En este edificio la gente que estaba alquilada se fue muriendo, la señora que tenía el comercio del bajo también, y así quedó», cuenta Loli delante del inmueble, que tiene dos huecos tapiados con ladrillos y el tercero abierto, con una verja reventada y la cinta disuasoria de la Policía Local.

«Atacan a las mujeres, pero a los hombres mayores también —corrige Carla, que dirige un negocio a pocos metros—. Les arrancan las cadenas del cuello y salen corriendo. Los teléfonos, las carteras, los bolsos. Lo que encuentren. A mí también me entraron a robar. Y es verdad, a una clienta la cogieron cuando iba andando, la llevaron al Camino del Pinar y la intentaron violar. La salvó un señor de un bar que vio lo que pasaba y se encaró con ellos», explica esta mujer, que duda del poder de la policía para mantener lejos a los okupas mucho tiempo. Del anterior episodio, advierte, no ha transcurrido un año.