Trapicheo de droga, ratas, robos y peligro de incendio en el edificio okupado de la Barrera, en A Coruña

alberto mahía A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

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Vecinos y comerciantes exigen el desalojo urgente de un inmueble en el que residen unas diez personas

12 abr 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Sobre las diez de la mañana comienza el ajetreo en la céntrica calle Barrera y eso incluye el trasiego de clientes entrando y saliendo de la narcocasa que funciona desde hace tres años en el número 30. Dentro residen unas diez personas que poco a poco fueron okupando las diferentes habitaciones de un inmueble que aunque parezca lo contrario no está declarado en ruinas. Los propietarios, años después de abandonar sus viviendas por el mal estado en el que se hallaban, acordaron con el Ayuntamiento —dueño de uno de los pisos— instalar en la fachada un andamio forrado con una malla para evitar la caída de cascotes. Así estuvo hasta que en el 2021 fueron okupados el primero y el segundo. Desde entonces, el tráfico de drogas, los robos, las peleas, las ratas, episodios de malos tratos, incendios e inundaciones se fueron sucediendo hasta colmar la paciencia no solo de hosteleros y vecinos, sino también de los repartidores, porque ninguno se atreve a dejar el género «ni un minuto en la calle» mientras suministra en los diferentes negocios. «La semana pasada vino uno nuevo a servir bebidas. No sabía que eso en esta calle es una temeridad. Dejó varias cajas y nada más darse la vuelta le robaron dos», contaba ayer el dueño de un mesón.

También están en alerta los comerciantes. Las tiendas no tienen prácticamente nada al alcance del delincuente. «Aquí nadie se libró de los hurtos. Y los autores no son precisamente los que viven en la narcocasa, sino los toxicómanos que van a comprar», relata una comerciante.

Los vecinos de la zona han visto de todo y nada bueno. El correteo de ratas por el patio de luces, que ese edificio comparte con otros de la misma calle y de San Nicolás, es constante. «Se escucha de todo. En una ocasión pude grabar, para luego llamar a la policía, cómo una chica lloraba mientras otro le gritaba y pegaba. La salvó otro de los okupas», recuerda un residente. Su vecino también grabó cómo dos de ellos rompían la claraboya que da acceso desde el patio de luces al mesón que está en el bajo. «A veces se meten en él. No sé lo que harán», afirma.

A día de hoy, los pisos okupados son el primero y el segundo. En el tercero, que pertenece al Ayuntamiento, se intentó forzar la puerta, pero no llegaron a entrar, según pudieron comprobar el pasado miércoles varios agentes que se desplazaron al inmueble para comprobar las denuncias vecinales. El cuarto, cuyo dueño había tapiado el acceso con ladrillo, tiene un hueco por el que, según los vecinos, de vez en cuando se cuela alguien, pero sin llegar a hacer vida ahí. 

Vigilancia

La Policía Local estará vigilante para que el problema no vaya a más. Urbanismo, por su parte, continuará hablando con los cinco propietarios para alcanzar una solución, ya sea la declaración en ruinas del edificio o una reforma integral, que incluiría un ascensor. El Ayuntamiento, que es propietario del tercero desde que en el 2017 el gobierno de la Marea lo adquiriese como piso social, tendrá que alcanzar un consenso con el resto de los dueños. Pero antes de eso tienen que resolverse las demandas para el desalojo de los okupas.

«Un día, uno de los que viven ahí le estaba pegando y gritando a una chica»

«Aquí nadie se libró de los hurtos. Sobre todo por parte de toxicómanos»

«Tuve que meterme en el piso porque nadie me quiere alquilar un cuarto con perro»

El primer okupa que entró en el número 30 de la Barrera atendió ayer a La Voz. Recordó que hace tres años se quedó sin casa. «Después de mucho buscar una habitación y ver que nadie me la quería alquilar porque tengo perro, decidí meterme en el primero. Luego vinieron unos amigos y a los pocos meses se colaron en el segundo unos tipos que vendían droga. Entraban y salían a todas horas y tuve muchos problemas», dice desmarcándose de cualquier vínculo con heroína o cocaína. «Yo estoy ahí tranquilo, sin meterme con nadie», asegura. Y al preguntarle por sus vecinos, responde que «cada cual se busca la vida como puede».

Su paga no da para mucho, añade, por eso tiene que ir a la Cocina Económica para alimentarse y asearse. Sobre la posibilidad de trabajar, no la descarta, «pero no hay, no encuentro».

En cuanto al estado del inmueble, dice que el primero, donde él vive, «no está tan mal porque desde que llegué le fui haciendo arreglos». Tuvo hasta que cambiar en varias ocasiones la puerta del portal porque la han roto decenas de veces. Por gamberradas «o por algún matado que llega aquí un poco pasado y la abren a patadas». Hoy hay una plancha de acero y tiene pensado poner una cadena y un candado «para evitar que entre más gente». El resto de los pisos sí se encuentran muy mal. «Quisieron entrar en ellos pero era imposible. Se te puede venir el techo abajo», concluye este hombre.