El alivio de los vecinos de A Coruña tras convivir con la droga en el portal: «El narcopiso afectó a mi matrimonio»
A CORUÑA
Personas que tuvieron que vivir puerta con puerta con los últimos puntos de venta desarticulados respiran ya tranquilas y recuerdan sus peores momentos entre delincuentes y toxicómanos
09 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.Hablar con personas que han tenido de vecino a un traficante supone escuchar cosas inimaginables. Como que han tenido problemas en el matrimonio, que sus hijos no salían a la calle sin compañía, que han tenido que comprar un perro como defensa o alerta, que tuvieron que recurrir a los ansiolíticos, que cayeron los ingresos de sus negocios, que sufren de insomnio... «Solo es peor un incendio en casa que tener enfrente un narcopiso», dice una residente en el número 2 de Benito Blanco Rajoy, donde funcionaba un gran punto de venta de droga desarticulado el pasado viernes. Los testimonios son de personas que lo han pasado muy mal durante el tiempo en que un narcopiso los hizo vivir con pánico por lo que pudiera pasar.
Cuatro Caminos
Sin los traficantes, el barrio vuelve a ser el de antes. El pasado viernes, un amplio despliegue policial posibilitó la desarticulación de un conocido narcopiso en el número 2 de Benito Blanco Rajoy. Desde entonces, «ya no se ven delincuentes por la calle. Antes, era un ir y venir. Había atracos, robos y un clima de inseguridad insoportable», cuenta uno de los vecinos del inmueble, convencido de que «solo un incendio es peor que tener un narcopiso enfrente». En Alcalde Marchesi ningún negocio se libró en los últimos años de sufrir algún robo. «No sacaba la vista de la puerta por si entraba algún ladrón», cuenta María, empleada de una tienda de complementos.
Una vecina de ese inmueble dice que el problema «afectó a la vida familiar, al matrimonio». «Vivíamos en tensión, con discusiones diarias. Los nervios estaban a flor de piel porque yo tenía miedo, mis hijos tenían miedo y mi marido, mucho más fuerte, se enfrentaba al traficante».
Avenida de Oza
Incendios, okupas y trapicheo. El 30 de junio se puso fin a la okupación del número 41 de la avenida de Oza. Atrás quedaron cuatro años «desastrosos», según relata Antonio Saqués, de Casa Saqués, que tuvo incluso que cerrar el negocio durante meses por incendios, ventanas desprendidas y un ambiente que le hizo perder muchos clientes. «No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Lo que sufrimos aquí es para escribir un libro. Fueron cuatro años malditos. Hoy todo ha vuelto a la normalidad. La gente ha vuelto», dice este hostelero. Desde la asociación de vecinos de A Gaiteira, Castrillón y Os Castros lamentan que el problema de la droga «cambie de calle, no desaparezca».
En ese edificio se ha visto de todo. Representa como pocos el problema de la okupación. Son cinco plantas que fueron pasando de mano en mano al antojo de toda clase de delincuentes. En una ocasión, cuando la policía acudió con una orden de desalojo para vaciar el cuarto piso, se encontraron con que los que lo habían allanado se cambiaron la víspera al primero.
Club Financiero
Sometidos a acoso día y noche. El desalojo del Club Financiero propiciado por vecinos de Matogrande, barrio de las Flores y Elviña no fue fácil. Tras dos años sufriendo robos, residentes de esas zonas se concentraron el 29 de agosto frente a las instalaciones y una comisión habló con los okupas, convenciéndolos de que abandonaran el lugar. Lo hicieron.
«Desde entonces, aquel acoso al que estábamos sometidos día y noche los comerciantes, vecinos y hosteleros de Matogrande ha terminado. Es cierto que sigue habiendo algún toxicómano pidiendo en las terrazas, pero ya no es ni una cuarta parte de lo que era», cuenta Luis González, hostelero. «Robaban en los garajes, en los coches y a los clientes de las cafeterías. La gente empezó a dejar de venir al barrio porque las calles estaban llenas de toxicómanos», añaden desde la asociación de comerciantes.
En el barrio de las Flores no solo tenían el problema del Club Financiero. En sus propias calles también convivían con la lacra de las okupaciones. Y fueron los vecinos los que salieron a la calle y en alguna ocasión se enfrentaron a los usurpadores, obligándoles a abandonar la vivienda. «Nosotros lo teníamos muy claro. Ya que las autoridades no nos hacían caso y la Justicia va tan lenta, actuamos. Así conseguimos librarnos de muchos problemas», cuenta Antonio Lema, del colectivo vecinal del barrio.
Los residentes recuerdan que su lucha ya comenzó hace tres años, cuando un grupo numeroso de vecinos entró «a saco» en un inmueble okupado en la plaza de Los Fresnos y la situación llegó a tal punto que la Policía Nacional tuvo que llevarse a los okupas escoltados. «Nos costó mucho erradicar la droga como para que vuelva», dice Lema.
Cruz Barrientos, de la Asociación Veciñal en Defensa do Barrio, explicó que lo habían intentado «por las buenas» porque quieren un barrio tranquilo, pero la respuesta no fue muy amigable.
Monte Alto
El trasiego de toxicómanos en la calle Faro. Era «escandaloso el ir y venir de chavales enganchados» en el entorno del número 8 de la calle Faro, dicen los vecinos. El bajo de ese inmueble fue okupado hace unos ocho meses y el pasado 26 de septiembre el propietario lo recuperó. Eso creyó él. Porque por la mañana tapió la entrada, se fue a comer y por la tarde lo llamaron para decirle que alguien había hecho un agujero y el piso volvía a estar okupado.
El nuevo allanamiento solo duró un día, porque horas después regresó la policía, alertada por el dueño de la vivienda, para echar de nuevo a los que había dentro. Varios agentes se colaron por el hueco que habían hecho los usurpadores y pidieron a los que estaban dentro que se fueran. Eran tres jóvenes que salieron sin rechistar y eso llenó de felicidad a los vecinos de la zona. Que no del barrio, pues se mudaron al callejón de la calle de la Torre. Un vecino dijo ese día que le «partía el alma ver a hijos de amigos entrar a comprar droga. «He tenido que tomar ansiolíticos», destaca una comerciante.
Os Mallos
El bajo de Francisco Catoira okupado por ladrones y traficantes. Durante un año, una vieja panadería fue okupada. Los robos en la zona crecieron. Y los toxicómanos llenaron la calle. «No se imagina lo que cambió esta zona. También es cierto que el problema se trasladó a otras vías del barrio», dice una comerciante. «Yo creo que hay más presencia policial en Os Mallos ahora y la delincuencia disminuyó. Lo que se ve es mucha droga», añade.