La piscina de la playa de Riazor

Javier Becerra
Javier Becerra CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

ALBERTO MARTI VILLARDEFRANCOS

El frío no calaba los huesos ni salían niños del agua tiritando con los labios azules, como ocurría en la playa normal. Todo ventajas. Sin embargo, había un reverso de turbieza

26 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Ha sido inevitable sentir un chorreo de nostalgia al leer esta semana los artículos de Eleva Silveira sobre aquella playa de Riazor que iba a ser, la que finalmente fue y la que ya no es. La idea de una piscina que aprovechaba la disposición del arenal entre rocas llegó a materializarse en un proyecto. Estuvo en pie durante los años setenta y ochenta. Los que fuimos niños entonces disfrutamos de un mamotreto que podía parecer una buena idea, pero al final no lo fue tanto. En Riazor el mar era bravo y, al dar dos pasos, te cubría por el cuello. En la piscina no había olas y, si la marea estaba baja, podías llegar hasta el mismo dique sin problemas. Además, el agua allí no sabía nada de la gelidez atlántica. Al carecer de oleaje se calentaba más. El frío no calaba los huesos ni salían niños del agua tiritando con los labios azules, como ocurría en la playa normal. Todo ventajas. Sin embargo, había un reverso de turbieza. Y no solo por el agua, nada cristalina. Sino por los residuos que por allí flotaban, provenientes de desagües. De pronto, aquel paraíso se convirtió en una cochinada tremenda en la que mejor no confiar un cuerpo infantil. Luego, se generó un grave problema en el dique. Los chavales más atrevidos saltaban desde allí. Unos de bomba. Otros de cabeza. Lógicamente, había accidentes. No existía tanta sensibilidad como hoy respecto de esas zambullidas, pero aquello se veía ya como un disparate. A finales de los ochenta se decidió acabar con todo y demoler una infraestructura bienintencionada y bonita sobre el papel, pero definitivamente fallida en la práctica. Algo que miramos con nostalgia y una suave sonrisa, pero que quitándole ese grano que falsea el recuerdo confirmamos que nunca se tuvo que hacer.