De Salón París a Museo del Cine para A Coruña

pedro feal

A CORUÑA

MARCOS MÍGUEZ

A la vista del cierre de la tienda de Pull & Bear, se ha lanzado una propuesta para reconvertir el emblemático espacio de la calle Real

27 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

José Sellier (1850-1922) había nacido cerca de Lyon, pero en 1886 se trasladó a A Coruña, en donde abrió un estudio fotográfico con el nombre de Fotografía de París Sellier hermanos, en el número 86 de la calle Real (más adelante se trasladaría a San Andrés, 9). En 1897, en un viaje a Francia, compró a los hermanos Lumière un equipo cinematográfico que se trajo a nuestra ciudad, donde pronto rodó El entierro del general Sánchez Bregua, filmación pionera del cine español, así como San Jorge, salida de misa, Fábrica de gas, Plaza de Mina y Orzán y Orzán, olas, todas del mismo año. La primera proyección cinematográfica conocida tuvo lugar en el denominado Bazar de la Industria, en el número 8 de la calle Real, que andando el tiempo vendría a ser el emplazamiento del cine París, fundado en 1908 y que acabaría siendo, antes de su cierre en 1999, el cine más antiguo de España en activo.

 Viene esto a colación porque el edificio que acogió al veterano cinematógrafo ha vuelto a quedar vacío en A Coruña, tras la decisión de Inditex de cerrar la tienda de ropa en que lo había reconvertido desde el año 2000. Curiosamente, antes de dar cabida a las producciones del séptimo arte, el inmueble, construido hacia 1900, ya había alojado en su interior a un negocio dedicado a la moda; sin embargo, una vez transformado, pasó a convertirse en la primera sala dedicada en exclusiva al cine en Galicia. Atravesando prácticamente todas las décadas del siglo XX, el Salón París llegó a ser una emblemática institución urbana en la que varias generaciones de espectadores pudieron asistir a la evolución del cine, desde el mudo al sonoro, desde los filmes en blanco y negro a los de color, desde los sketches de Chaplin a las superproducciones de Hollywood, pasando por la exhibición de tantas y tantas películas míticas.

En cierto modo, el París era nuestro «cinema Paradiso», una sala reducida, irregular en su trazado (con su peculiar bancada lateral que obligaba a una visión oblicua), desgastada en sus postrimerías, pero sin embargo entrañable, vinculada a nuestro ayer por los múltiples recuerdos y los sueños de tantos conciudadanos como alimentaron allí su imaginación y expresaron sus emociones a lo largo de casi un siglo.