¿Y qué haremos en Navidad?


Impactantes declaraciones las del internista del Chuac Ignacio Ramil: «Me da pánico la tercera semana de enero», sentenció en Voces de A Coruña. Ramil ve venir el repunte de casos de covid-19 tras esos banquetes de veinte personas expuestas durante varias horas y sin mascarillas a la nube de aerosoles de un salón sin ventilar. Y dispara sin que le tiemble el pulso: «Al virus le da exactamente igual que sea Navidad y tengas muchas ganas de ver a la familia».

Bueno, ¿y qué hacemos entonces con la cena de Nochebuena y la comida de Navidad? ¿Les decimos a nuestros padres, a nuestros abuelos, que no vengan, que coman el turrón solos en casa? ¿Cómo le contamos al chaval que está estudiando fuera que no va a disfrutar de la celebración en familia por la que lleva suspirando desde que tuvo que marcharse?

Ramil evita pontificar sobre este punto, entiende las circunstancias que puede haber en cada caso y se limita a exponer con precisión dickensiana su visión de las Navidades futuras: «Si metes a un infectado en esa comida, probablemente salgan ocho o diez contagiados por convivir tres o cuatro horas en un espacio cerrado sin mascarillas. Diez infectados, de los que todos sabemos quiénes van a pagar el pato».

Es demoledora la encrucijada a la que nos conduce el virus, porque, además, muchos tienen depositadas en estas fiestas sus ya exiguas esperanzas económicas. La decisión sobre cómo abordar la celebración es complicada, y así lo admite Ramil.

Ahora bien, los que hemos tenido la desgracia de dejar a un ser querido en la traicionera cuneta de la pandemia lo tenemos muy claro: Decidir que no nos vamos a reunir con nuestras familias en Navidad es algo muy duro. La alternativa, bastante peor.

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