Arturo de Nieves, un ángel de la guarda para los refugiados

Iba para seis meses, pero este coruñés lleva más de cinco años trabajando para Naciones Unidas en los países en conflicto

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ribeira / la voz

La vida da tantas vueltas que un día puedes estar en medio del conflicto bélico en Sudán del Sur o ayudando en los campos temporales de refugiados de Brasil. De esto sabe mucho Arturo de Nieves Gutiérrez de Rubalcava (A Coruña, 1983), que estaba con un contrato de docencia e investigación en la universidad coruñesa -donde estudió Socioloxía- cuando surgió la oportunidad de cruzar el charco y trabajar para la ONU en Nueva York. «Yo hice mi tesis sobre el comportamiento electoral y justo me llamaron para trabajar en un equipo sobre este tema del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Iba para una cosa puntual de seis meses y ya me quedé», recuerda.

Luego pasaría dos años más en ONU Mujeres, una iniciativa que trabaja para impulsar la igualdad de género en el mundo y estudia los problemas que tienen para acceder a cargos políticos en determinados países. Pero, desde el principio, Arturo de Nieves tenía claro que su objetivo no era estar en los despachos sino sobre el terreno, «así que me fui en una misión de la ONU con los cascos azules para el mantenimiento de la paz a Sudán del Sur». Explica que, aunque hay protocolos de seguridad y recibes mucho entrenamiento para saber enfrentarte a este tipo de situaciones; «es un trabajo intenso, de 24 horas al día, y con muchos momentos de tensión cuando hay violencia».

Sin embargo, tiene una parte muy positiva cuando consigues ayudar a las personas que lo pasan mal. Uno de sus mejores recuerdos en este país «fue una misión en un orfanato que estaba sitiado por el fuego cruzado e hicimos todo el trabajo para liberar a unos 200 niños. Cuando las cosas salen bien, tienes este tipo de satisfacciones».

Misión a Bangladés

Tras su paso por Sudán, Arturo de Nieves se enfrentó a un nuevo reto en el continente asiático: la coordinación de la crisis de los Rohinyás. Su llegada coincidió con el flujo más fuerte de refugiados, más de 700.000 personas de esta minoría musulmana escaparon de la violencia y buscaban protección en Bangladés. En este país estuvo trabajando más de un año dentro del equipo de la ONU para gestionar esta crisis humanitaria. La experiencia en este campo de refugiados -el más grande del mundo, con cerca de un millón de personas- le sirvió de preparación para su destino actual: ayudar a los venezolanos que cruzan a Brasil en busca de un futuro mejor.

De la mano de Acnur, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, en septiembre del año pasado se convirtió en uno de los responsables de las oficinas del norte del país (Roraima). «Antes de que llegase el covid teníamos una media de 500 personas al día cruzando la frontera. Había un gran flujo de refugiados y migrantes venezolanos y yo hacía la coordinación de esa situación». De Nieves explica que la ONU siempre hace de apoyo al Gobierno, y allí ellos trabajan codo con codo con el ejército en una operación de acogida a todas estas personas que salen huyendo de Venezuela. A diferencia de en otros países, «en Brasil no hay campos de refugiados sino refugios temporales. Lo que se busca es la integración y nosotros nos encargamos de promoverla e incluso de que puedan viajar a otras partes del país para iniciar una nueva vida».

Pero llegó el coronavirus y puso todo patas arriba. «Mi trabajo se transformó completamente. Desde marzo paso a ser el coordinador del programa de respuestas al covid». El día 14 de ese mes ya se produjo la primera crisis. Un grupo de refugiados podían estar contagiados, lo que obligó a poner en marcha un dispositivo de control de cerca de mil personas en tres ciudades. «Se trataba de una familia que había entrado en autobús desde Venezuela, luego pasó una noche en un refugio temporal y estuvo en contacto con un gran número de refugiados», recuerda.

Su mayor preocupación era que el virus se extendiera por los campos, «ya que en marzo teníamos una población de 12.000 refugiados y migrantes en Roraima. Las previsiones que había eran muy malas, de muchas muertes, así que empezamos un trabajo muy fuerte de asesoramiento sobre las medidas de protección, modificamos la organización de los refugios, cambiamos la infraestructura para posibilidad el aislamiento, y construimos un hospital nuevo».

Todo este esfuerzo dio sus frutos, «y aunque no se puede hablar de éxito cuando hay víctimas, entre las 12.000 personas que había al principio de la pandemia, se registraron hasta la fecha ocho fallecimientos por covid». Tras unas pequeñas vacaciones en Galicia, Arturo de Nieves regresó a Brasil esta semana para retomar su trabajo: «La crisis del coronavirus no ha acabado y queda muchísimo por hacer».

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