A Coruña

Las preguntas son las de siempre. Cambian las respuestas. En ellas brillan la alegría, la imaginación, la inocencia de los más pequeños.

-¿Y tú qué quieres ser de mayor?

-Patinador y albañil.

Fran todavía está en infantil, pero, como se puede ver, tiene muy definidas sus prioridades. Su hermana Rebeca es la que le ha metido en la cabeza lo del patinaje artístico. Para ella, el cole es como su casa, porque dos de los profesores son en realidad su padre y su madre «disfrazados». Más fantasía. La de Lara, que asegura que su escuela es «la cueva» donde teje su tela «el león-araña», lo que en principio puede sonar intimidatorio pero que a Lara no le impidió ir a clase feliz el pasado jueves.

Otra pregunta recurrente, esta vez en un programa de radio: el deseo de los estudiantes para el curso que comienza. La respuesta de una niña que apenas empezaba a soltarse en expresión oral no tiene precio: «Pues mi deseo… es ¡que se destruya el colegio con una bomba de destrucción!». Insuperable.

Y otra entrevista en la radio:

-¿Qué pasa en el cole cuando os portáis mal?

-¡Nos pegan!

Y la locutora, azorada, seguramente en presencia del profesor:

-Bueno, nooo, eso noooo.

-¡Sí, sí, nos pegan!

Sea el cole del león-araña o el de la bomba de destrucción, lo que está clarísimo es que la presencia de los niños es lo que da sentido y plenitud a la escuela. Hoy tenemos otra perspectiva de la enseñanza, pero ver otra vez a los chavales en clase ha sido suficiente para recordar la importancia de la asistencia y las complicaciones que supone el teletrabajo, especialmente para los más pequeños. Hay que pelear por la vuelta al cole, aunque nos pueda caer encima esa temida bomba de destrucción.

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Una bomba de destrucción