A Coruña

Me van a perdonar que hoy me ponga tan solemne y tan poco coruñés, pero cuando me asomo estos días al dique de abrigo me parece que escucho a lo lejos el rumor del maremoto que se avecina y a veces hasta se me aparece el negacionista Miguel Bosé con un cucurucho de Albal en la coronilla.

Y entonces me da por pensar que hay dos simulacros de pensamiento que han invadido nuestra existencia colectiva en los últimos años. Una es esa extraña teoría según la cual únicamente hay dos tipos de problemas: los que no tienen solución y los que se resuelven solos. Con esta delirante premisa, la única actitud posible es no hacer nada y dejar que el universo continúe feliz con su expansión.

Por supuesto, la idea es absurda de raíz, pero hay quien la practica con fruición. Y alguno ha llegado a presidir el Gobierno aplicando esta surrealista receta. Casi nada.

La otra ideología que se ha adueñado de buena parte de nuestra intelectualidad es la que confunde las cosas con su superficie y que lo banaliza todo -desde la pandemia hasta el nazismo- para no tener que esforzarse en pensar, que es muy cansado. La frivolidad se saca de en medio cualquier dificultad arguyendo que «no interesa a la gente». Es la perspectiva que deforma la realidad hasta que parece que cualquier tertuliano sabe más que un físico nuclear porque, a fin de cuentas, el dicharachero todólogo «tiene derecho» a ser físico nuclear y obligarle a pasar por una facultad para obtener el título no deja de ser una «opresión» contra su voluntad.

Esto sería muy gracioso, pero uno empieza con estos infantilismos y acaba aterrizando en la frase «yo no quiero problemas», que va a ser el lema de una generación -la mía, no echo balones fuera- que no quiere entender que la vida, salvo que uno dimita de ella, consiste en meterse en problemas.

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Meterse en problemas