A Coruña

Es el honrado vecino el que tiene que hacer de espía, fisgar por la mirilla, estar atento a los ruidos de la puerta de al lado y avisar al propietario de que aproveche el momento porque los okupas acaban de dejar la vivienda para ir a por un colchón o a cualquier otro recado. Y es el dueño del piso o de la casa el que, casi con nocturnidad y alevosía, tiene que emplear sin demora ese momento para llamar a toda prisa a un cerrajero que fuerce la cerradura de su vivienda y la cambie por una nueva antes de que los asaltantes regresen con el colchón.

Pero no es suficiente. Después, los vecinos se verán obligados a contratar alarmas y hasta un servicio de vigilancia por temor a represalias y nuevas okupaciones (acaba de pasar en Cuatro Caminos). O a tapiar la puerta del edificio para que los intrusos no se cuelen en la propiedad (acaba de suceder en los Mallos).

En este mundo al revés, uno tiene siempre la sensación de que la ley no protege al propietario. Al menos, no lo suficiente, y que en cambio todo son facilidades para que los asaltantes se hagan fuertes en domicilio ajeno e incluso puedan destrozarlo por dentro, como sucedió en A Zapateira, o prenderle fuego después de sacar al exterior objetos de valor con los que hacer caja, como en Visma.

En una de las okupaciones de A Zapateira, los asaltantes grabaron un vídeo para jactarse de las excelencias de la propiedad como si fuera suya. En otra, el okupa consideró que tenía derecho a exigirle al propietario, un banco, una compensación por marcharse de una vivienda que no le pertenece. Ahora amenaza con poner en funcionamiento la piscina. ¿Como es posible que no se los pueda desalojar?

Pues parece que es así. El mundo al revés, toda una paradoja: en la ciudad en que nadie es forastero, el propietario puede ser forastero en su propia casa.

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Okupas: nadie es forastero