Un lector planteaba la idea de un museo de los rótulos de aquí como el que hay en Las Vegas. Obviamente, no es lo mismo. Pero ¿se los imaginan todos juntos?
12 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Las líneas que dediqué la semana pasada al fenecido letrero de A la Brasa despertaron la nostalgia de unos cuantos. También, la imaginación singular de un lector. Borja planteaba la idea de un museo de los letreros coruñeses como el que hay en La Vegas. Obviamente, no tenemos esos espectaculares neones, pero sí recuerdos y emociones asociadas a muchos que forman parte de nuestra memoria sentimental. ¿Se los imaginan todos juntos?
Antes de nada, mencionar que existe una publicación del COAG titulada Rotulados (2006). Documentó en imágenes parte de esa realidad. Lo impulsó Ana Cocho, una arquitecta compostelana fascinada por los carteles plásticos de A Coruña, especialmente los del Agra del Orzán. Intuía que las horas estaban contadas para muchos. Tenía razón.
La mayoría viven en el recuerdo, en el mismo en el que descasa el de A la Brasa. Ahí han viajado muchos otros que bien podrían formar parte de ese hipotético museo. Uno de los más llorados es el de la cafetería Kirs de la calle Real, con aquella K imponente. También el de For, que hacía esquina entre la Estrella y Santa Catalina, capturando la atención con esas poderosas letras negras sobre amarillo. Igualmente, el del Zumolandia de la ronda de Outeiro, con un naranja embaucador. La alegría que nos embargaba a todos en los primeros noventa tenía exactamente ese color.
También debería tener su sitio en esas salas de exposición imaginarias los cuadraditos que componen el rótulo del cine Avenida. Con uno de ellos roto, eso sí, tal y como lo inmortalizó el pintor Pablo Gallo. El cuadro terminó siendo portada de la novela La noche de las palabras de Luis Pousa. Permanece oculto tras los tablones que cubren el inmueble del Cantón, por lo que aún se podría salvar, como el del Cine París. Aún siendo un Pull & Bear en la actualidad, conserva su rótulo original.
Hay algunos míticos que se veneran en bares. El del Gasógeno, por ejemplo, cuelga en la pared del Hangar de Vilarrodís. Y el Bristol, de Torreiro, ha dedicado una esquina a letreros ilustres con alma musical. Allí se encuentra el de Portobello y, recientemente, han incorporado la mítica tuerca del Playa Club. En la misma calle, usando la máquina del tiempo, nos podemos trasladar a las majestuosas letras que colgaban por la fachada de Barros; saltar a otro imponente letrero vertical de El Pote; y, por supuesto, pasar por el de Maisonfor en aquella calle Real idílica de los ochenta. Luego hay que hacer paradas en otros, como el de la cafetería Marte (¡oh! ¿verdad que ya no te acordabas?), el de El Toro y su término «restaurant» ya demodé, los de las jamonerías Munín y muchos otros. En el fondo no es mala idea, ¿verdad? Pues hay que darse prisa, que llegamos muy tarde. El del Copacabana aún se puede salvar. Y me soplan que el de la heladería Colón y Feypo están a buen recaudo.