¿En qué momento se convirtió ir al súper en una distopía?
25 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Un día recordaremos que hubo un tiempo en el que hacer la compra era una práctica de riesgo. Me llega uno de esos múltiples audios de origen desconocido (cómo deberíamos huir de ellos) en el que alguien dice, literalmente que el súper es la muerte. Que no sé qué clienta lanzó un beso a su vecina y con esa mano con la que tocó sus labios sobó después toda la tienda. Con el tono con el que suena el audio, y con lo que a veces escuchamos por las ventanas (no, no solo suenan aplausos), me sorprende que la señora se librara del insulto, como poco. Si es que la señora existe, claro.
Sin embargo, no hay muchos mensajes que hablen de que lo verdaderamente inquietante no es la supuesta proliferación de gente que respeta poco o nada las medidas de higiene. Desde que empezó esta crisis, he ido al súper una vez. Y me he prometido no volver. No soy la única: en mi entorno, y más allá de Coruña, coincidimos en el mal cuerpo con el que salimos de hacer la compra. Porque en el aire hay una sensación de desconfianza en el prójimo que nada tiene que ver con esa alegría de las ventanas a las ocho de la tarde. Todo lo contrario. Más allá de la dedicación del personal de las tiendas, parece que nos miramos todos como si viviéramos en Gilead, espiando por debajo de la toca de El cuento de la criada.
¿En qué momento se convirtió la compra en una distopía? Igual que descubrimos a nuestros vecinos cada tarde en los balcones, que nos saludamos, que celebramos las canciones que pinchan los del portal de al lado, ¿no podemos ver que quien hace cola con nosotros, guardando la consabida distancia de seguridad, cumpliendo las normas de higiene, es igual que nosotros? Necesita comprar, como nosotros, y me llamarán ingenua, pero no creo que la mayoría de los vecinos de mi calle bajen a hacer la compra dos veces al día.
Claro que las autodesignadas brigadas de la legalidad del estado de alarma a las que escucho a veces increpar por la ventana a quien pisa la calle opinarán lo contrario. Al parecer, todo el mundo sabe que ese señor saca al perro ocho veces al día. Que esa otra señora compra la leche de cartón en cartón. Que esa familia queda en la cola de los embutidos. Todo. Lo sabemos todo de la vida de los otros. Y por eso escuchamos insultos por las ventanas y vemos vídeos en las redes, en el teléfono, de infracciones de todo tipo. Si no son infracciones no pasa nada, ya está lanzada la piedra. Son muchas, muchas, las más de 3.000 propuestas de sanción que se han dictado en toda Galicia en una semana de confinamiento. Pero son muchas más las que no se han tenido que emitir. Muchos más los que se quedan en casa, los que no van al súper más de una vez a la semana, los que tuestan el pan para no ir cada día a comprarlo. Afortunadamente.