El San Andrés que no termina de despegar

Javier Becerra CORUÑESAS

A CORUÑA

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MARCOS MÍGUEZ

Los cierres aquí pesan más que en otras calles, porque superada la decadencia a la que parecía abocada en la década pasada, se ha instalado en una especie de eterno claroscuro

06 dic 2019 . Actualizado a las 17:06 h.

Ahí está, luciendo botones de colores imposibles, broches exclusivos y remaches de los que ya no se encuentran en ningún lado. Es Cándida, la tienda que funciona desde 1939 en la calle San Andrés y a la que el 99 % de los coruñeses han ido alguna vez en su vida. Ejerce casi de último mohicano de un comercio herculino en vías de extinción, aquel de tiendas únicas surgidas antes de los centros comerciales, empleados de toda la vida que conocen hasta el último cajón del establecimiento y personalidad muy definida.

Era así La Camelia, donde cientos de niñas compraron sus maillots y zapatillas de ballet y siempre llamaba la atención por sus vistosos trajes de flamenca. También La Marola, mercería a la vieja usanza con tantos años encima que hasta contaba con heridas de disparo de la Guerra Civil. O la peletería Lázaro que resistió más de cien años cubriendo de visones a la burguesía local fascinada por los abrigos de piel. Estos ya no están. Y en breve ocurrirá lo mismo con La Casa de las Máquinas, que anuncia una liquidación por jubilación.

Los cierres en San Andrés pesan más que en otras calles. Lo hacen porque parece que la calle, superada la decadencia a la que parecía abocada en la década pasada, se ha instalado en una especie de eterno claroscuro. Ni se muere, ni termina de arrancar. En el 2013 La Voz titulaba: «San Andrés revive a trompicones». Y en esas seguimos. Las nuevas aperturas dan luz. Hacen pensar en aquel vial comercial, el segundo en importancia en la ciudad tras la calle Real, que deslumbraba en otros momentos. Pero pronto llega el gozo en el pozo cuando se anuncia un cierre, sabiendo que probablemente ese bajo críe polvo.

Paseando de mañana, llega la claridad. Ves, por ejemplo, el Koh Lanta recientemente galardonado por su arquitectura dándole vida a su esquina. También llegan rayos de las plazas de la Cormelana y sus vecinas, uno de los grandes aciertos de la «acupuntura urbana» de aquel bipartito PSOE-BNG. Pero la sonrisa se borra con la sucesión de locales cerrados que otrora despacharon vestidos de fiesta y zapatos de domingo. Aparece una sensación de nostalgia y de «cualquier tiempo pasado fue mejor», que solo se detiene al pasar el Círculo de Artesanos. Ahí, en el tramo semipeatonal reformado, aparece el nuevo San Andrés, con la frutería A Laranxa, la librería Moito Conto o el bar de tapas Abarrote, que hacen pensar en un feliz relevo natural. Incluso bajos como los de la antigua cafetería Savoy o Pascual, que llevaban años clausurados, acogen nuevos negocios. También se atraen a firmas legendarias como Azafranes Bernardino.

¿Será que el tramo reformado tiene la culpa de ello o es una simple casualidad? Uno se inclina a pensar en lo primero. ¿Y si reformamos toda la calle? Mmm...