Las tres cosas que aprendí de Nonito

Tenía 50.000 discos en la cabeza y lo mismo te hablaba de Pucho Boedo que de Miles Davis


Llego tarde a la despedida de Nonito Pereira. Pero a él eso, en el fondo, le haría mucha gracia, porque también le gustaba remolonear y enredarse con una buena charla cuando todos se habían levantado ya para irse a otra parte.

A Nonito lo conocí hace unos mil años, cuando el concierto de Riazor, y tuve el privilegio de pasar al papel algunas de sus crónicas musicales. En cierta ocasión, las tijeras se me fueron de las manos y amputé un texto sobre Madonna para calzarlo en una maqueta demasiado estrecha (cosas del papel). Nonito intentó cabrearse conmigo, pero era demasiado buen tipo y no le salió, así que nos hicimos amigos, que era lo que mejor sabía hacer, porque en esta ciudad le das una patada a una piedra y sale de debajo un amigo de Nonito preguntando por él.

Después de esa tarde en una redacción ahumada y presurosa, Nonito me cogió cariño y, cuando coincidía, se acercaba por mi mesa y me enseñaba las cartas que le mandaban algunos lectores. Estaba muy orgulloso de las que remitían a Bonito Pereira, pero le costaba más sacar del bolsillo las que dirigían a un tal Monito Pereira. Las erratas, como la ortografía, las carga el diablo.

De Nonito aprendí un buen puñado de cosas. Con él descubrí que se puede ser un sabio sin necesidad de ser un listillo ni un pedante. Nonito tenía 50.000 discos en la cabeza y no iba de nada. Porque, para él, la música no era una excusa para aplastar al contrincante bajo una losa de erudición, sino una forma de ser feliz y de hacer dichosos a los demás compartiendo canciones y conciertos.

También me enseñó -por supuesto, sin pretender dar lecciones de nada- que, cuando uno ama de verdad la música, no se limita a escuchar dos o tres bandas de culto para hacerse el interesante con los colegas, sino que se lleva al oído todo lo que pueda, da igual el estilo o el autor. Por eso Nonito lo mismo te hablaba de Pucho Boedo que de Frank Sinatra, R.E.M. o Miles Davis. Si de verdad te gusta la música, te gustará la ópera, el jazz y la canción melódica. Sin prejuicios ni capillitas.

A Nonito lo quiero recordar en verano, sentado en bermudas en la terraza del Bocatín, con su perro Elvis dormitando bajo la mesa. Era Nonito en estado puro. Feliz, generoso, siempre dispuesto a regalar una sonrisa o una buena conversación. Aunque también me acuerdo de él en su otro hábitat natural: el ambigú del Coliseo. Desde allí escuché con él más de un concierto. Y aprendí que, digan lo que digan los expertos en acústica y los asiduos de las zonas VIP, no hay mejor lugar para asistir a un directo que esa prudente y mágica distancia que ofrecen los bares de los auditorios.

Por crÓNICAs Coruñesas

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