El día que Prince actuó en los Jesuitas

Da como escalofrío pensar que fue hace treinta años


Ha sido saber que Lenny Kravitz va a actuar por primera vez en Coruña el 26 de julio del próximo año y se ha formado toda una revolución de fans deseando ver al neoyorquino en directo en el Coliseum. Claro que esa revolución no se le acerca ni de lejos a la que se formó aquí casi en esa misma fecha en 1990 cuando Prince tocó en nuestra ciudad. Da como escalofrío pensar que fue hace treinta años porque aún me parece que estoy oyendo el revuelo que se montó alrededor de aquel concierto mítico. Los coruñeses se dividen también en esto, los que pudieron ver a Prince aquel 29 de julio y los que se quedaron fuera. Pero cualquiera de los que estuviera por esa época aquí sabe el rebumbio que se montó en cuanto se supo el escenario elegido: el colegio Santa María del Mar, después de que se descartase el estadio de Riazor porque las relaciones entre el gobierno local y el Dépor no eran precisamente muy amigables. Los alumnos de los Jesuitas, eso lo recuerdo muy bien, tuvieron el pavo subido aquel verano en que supieron que el campo de fútbol de su cole tendría el privilegio de que una estrella estratosférica como Prince pisara su suelo. Esa visión tan de andar por casa tenía su coña, pensar que el Príncipe de Mineápolis iba a cantar al lado de las leiras que ahí siguen con vistas a la ría de O Burgo. Y Prince lo hizo, no apareció en globo, como se rumoreó entonces sino en un Jaguar negro rodeado de cuatro superguardaespaldas. Nada más llegar a los Jesuitas, que cumplían su 25.º aniversario, el artista vio pasar uno de los tantos trenes que pasaban pegados al colegio y se entretuvo jugando al billar y al pimpón en el camerino que, según cuentan los que estuvieron cerca de él, pidió que tuviese moqueta de color arena.

Prince tardó algo más de 45 minutos en salir al escenario y brilló ante 25.000 espectadores, tal y como recogió la crónica de este periódico al día siguiente del concierto. «El rey de la década de los noventa», como lo llamaron, dio un recital que duró una hora y media y el público se rindió a su Purple Rain, donde se quedó solo con la única compañía de su guitarra. Prince no defraudó, se descamisó y demostró su condición de gran bailarín durante toda su actuación, que despidió con dos bises: Partyman y Baby I’m a Star, que coincidió con los fuegos artificiales previstos por el Ayuntamiento.

En aquella actuación de 1990 Prince se rasgó la camisa y la lanzó a los miles de fans que no se podían creer que tuviesen delante en esta esquina del mundo a su ídolo. Fue una conjunción planetaria la de ese día, porque a solo unos pocos kilómetros, otra superestrella, Madonna, tocaba en Vigo. Fue una noche memorable la del 29 de julio de 1990, cuando Prince gritó bien alto: «¡Buenas noches, Coruña!»

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