Civismo en Ikea... y en Méndez Núñez


Permítanme hacer un apunte sobre las líneas que escribí aquí la semana pasada respecto a la falta de civismo a propósito de un paseo por Ikea. En ellas registraba varios comportamientos con los que lamentablemente tenemos que convivir en ese y otros espacios. Solo uno de ellos lo protagonizaban niños (con sus padres delante sin impedirlo). Sin embargo, algunas reacciones que vi en las redes sociales mostraban una mirada selectiva solo a los pequeños. Y, como quien no quiere la cosa, eso ya servía para justificar vetos en bares. ¡Ala! Como si la ¿niñofobia preventiva en una zona de niños? arreglase la falta de civismo de los que aparcan en zonas de minusválidos o empujan a esos niños a que se cuelen en el restaurante.

El problema es general. Los pataleos, gritos y golpes de los infantes reflejan inocentemente lo que sus mayores toleran y fomentan. Algo parecido a la cochambre del botellón en Méndez Núñez que -¡milagro!- parece que tiene los días contados. ¿A qué nos referimos? A árboles centenarios sometidos a meos, navajazos y pintadas. A un estanque de peces que ya no tiene peces y sí botellas flotando. A unos jardineros desanimados que te dicen: «¿Para qué hacer nada si lo van a arrasar?». A un espacio privilegiado que debería ser cuidado con mimo y amanece con toneladas de basura. A un reloj floral que ha sido arreglado miles de veces porque lo han destrozado intencionadamente. Y etcétera.

Todos los partidos políticos que forman parte de la corporación municipal (incluido el que actualmente gobierna) han tolerado que en un jardín botánico del siglo XIX se haya cometido esta barbaridad durante años. Una buena parte de la ciudadanía, lo mismo. «Por lo menos ahí no molestan», podías escuchar. «Lo que tienen que hacer los chicos es recoger todo antes de irse», te soltaban en modo buenista. «Las bebidas son muy caras y los chicos tienen derecho a la diversión», como si eso estuviera por encima de las más elementales reglas cívicas. El que dijera algo en contrario o era un carca, o un mojigato o -¡glups!- un fascista. Lo sensato era asumir los árboles muertos por la orina, los cristales rotos y las peleas intermitentes. «No es para tanto», te dice el que luego apela a la educación escandinava.

La semana pasada la alcaldesa anunció en Radio Voz que iban a iniciar los trámites para declarar Méndez Núñez bien de interés cultural. Eso vetaría el botellón allí. ¡Al fin! Es exactamente lo que se haría en cualquier ciudad civilizada. Porque, vale, ahora comeremos bollos de canela suecos, pero como sociedad aún nos falta mucho para llegar a ese ideal nórdico. Lo demostramos en Ikea. Y lo hemos demostrado también aquí desde hace años. Aunque nunca es tarde para recuperar el sentido común. Parece que se va por ahí.

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