Con ritmo veraniego, todavía


Nos resistimos, como gato panza arriba, a que termine el verano. Porque queda una semana larga para cambiar de estación, pero la vuelta a la rutina del 1 de septiembre pretende ponernos a todos, de golpe, cara de otoño. Y no queremos, claro. Sobre todo porque parece que el verano no termina hasta que no acaba para los niños. Como cuando lo éramos nosotros y aquellos interminables meses no llegaban a su fin hasta que te ponían el uniforme. Y esto ocurre hoy, día de zapatos que hacen daño, acábate el desayuno, mochilas nuevas, mandilones, pelos repeinados, reencuentros, llantinas y tráfico.

El ritmo se acelera hoy, o al menos lo intenta, después de dos meses de modo perezoso. Es curioso cómo bajamos revoluciones aunque no estemos de descanso. La ciudad se despreocupa y nosotros nos despreocupamos con ella, para no ser menos. A finales de agosto, la calle Real era un hormiguero sin prisas. No es que hubiese más gente que un fin de semana cualquiera sin lluvia, tal vez un poco más, pero los pasos se relajan, tanto que al que corre se le advierte de lejos, como un borrón que desentona en el conjunto de gente con ganas de nada. Si acaso un helado o una caña en una terraza, pero poco más. Se camina lento, se come tarde, se cena más tarde todavía, aunque haya que madrugar, porque igual tú trabajas, pero la ciudad sabe que está de vacaciones, y hace que te muevas más despacio por las aceras, que te cueste más correr, que te parezca más energúmeno todavía el que acelera para pasar el semáforo. Tener prisa en verano es una contradicción. Una se pregunta si no podríamos adaptar esa despreocupación veraniega al resto del año, aunque sea un poco, si somos capaces de cumplir nuestras obligaciones en agosto con la mitad de acelerones.

Pero todo eso termina hoy, o definitivamente la semana que viene cuando los mayores se estrenen el instituto y los agobios se nos contagien a todos, y la ciudad empiece a correr otra vez y nos haga correr a nosotros, que ya no esperaremos sin más en los semáforos, porque algo o alguien nos estará esperando al otro lado. Algo o alguien que la semana pasada podía esperar más pero hoy ya no, tiene prisa, llega tarde también.

Antes el tiempo ayudaba a saber dónde estábamos. Ahora se puede adelantar el rumor de las hojas secas, o dejarnos un agosto más parecido a abril que a las vacaciones, o regalarnos un verano de verdad para empezar el mes de septiembre, retrasando aún más nuestras ya pocas ganas de volver al ritmo normal. Cuando vivamos en dos únicas estaciones, solo sabremos que ha llegado la temporada de correr y ponernos serios porque los niños vuelven al colegio.

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