La punta del cuchillo decide

Así sucedía en el siglo XVII en las oposiciones a la Cátedra de Gramática en A Coruña


Tiempo de oposiciones. Cada cuatro años salía a concurso la plaza de catedrático de la Cátedra de Gramática de A Coruña. Tenía que impartir clases a alumnos que querían acceder a los estudios de Teología, Leyes y Medicina en la Universidad. Desde 1550 a 1679 dependía de la colegiata de Santa María y del Concejo coruñés. Conocemos su crónica por las investigaciones del historiador Ismael Velo.

La vacante se anunciaba mediante convocatoria pública clavada en la puerta de la colegiata y en las universidades de Santiago, Salamanca, Valladolid y Alcalá de Henares. Sería para el «opositor más hábil» y recibiría una renta de sueldo y unas casas para vivir y dar las clases. La fecha de la oposición variaba y se fijaba para dos meses después de su convocatoria. Solían presentarse clérigos y licenciados en número diverso, entre dos y cuatro, y su proceso de selección varió. En el siglo XVII tenían que dar «tres lecciones» sobre tres libros en latín de autores distintos, correspondientes a cada una de las partes de su enseñanza, la gramática, la literatura y la historia latina.

En los días señalados, por la mañana, los candidatos se presentaban delante de la capilla de la Virgen del Portal que había en los soportales de la antigua fachada de la colegiata. Siguiendo un orden de menor a mayor antigüedad y honor, el primer opositor, con los demás presentes, se enfrentaba al proceso de selección de su primera «lección». Primero se determinaba el libro que, o bien ya lo traía escogido el tribunal, o bien se elegía entre varios por una mano inocente. Después, un muchacho con la punta de un cuchillo señalaba tres partes de ese libro, una por el comienzo, otra por el medio y otra por el final, que se abrían y se introducía una pajita. A continuación el tribunal leía al opositor las frases o «puntos» de cada página marcados por dichas pajitas y este escogía uno para exponerlo, teniendo 24 horas para prepararlo.

Al día siguiente, dentro de la colegiata, el opositor, subido al púlpito y delante del tribunal y el público asistente, defendía su tema durante una hora. En su exposición debía leer, traducir y comentar, con el método con que lo explicaría a los estudiantes, lo que había escogido. Después, y durante media hora, los demás opositores podían formularle objeciones en contra. El procedimiento se repetía para cada una de las «lecciones» y para cada opositor.

Finalizadas las exposiciones, el tribunal, constituido por un número igual de miembros del concejo y del cabildo de la colegiata, se reunía para votar la provisión de la cátedra. Cada juez tenía en papeletas distintas, rubricadas por un escribano, el nombre de cada opositor. Por orden, en votación secreta y bajo juramento, las depositaban en dos jarrones distintos, uno destinado a recoger las papeletas con el nombre del que consideraban que debía ser el catedrático y otro distinto para los que no. Después se recontaban y comprobaban y se declaraba catedrático al que más votos había obtenido; en caso de igualdad se escogía al de la ciudad frente al forastero.

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