Las «influencers» de verdad tienen canas

En esta ciudad habría que fijarse en las mujeres que peinan canas

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En el mundo de Instagram y compañía, donde los seguidores se compran y se venden, donde las marcas pagan una pasta porque una persona en cuestión lleve sus vaqueros, coma sus galletas, o se aloje en su hotel, la vida real se ha convertido en ciencia ficción. Todo se pacta, se posa, nadie sabe dónde está el límite entre la publicidad pura y dura y la promoción sincera de lo que le gusta a la influencer de turno. Pero en esta ciudad, habría que fijarse en las mujeres que peinan canas. Hay una generación de señoras (ya saben que me fascinan las señoras) que no cumplirán nunca más los 70, que sospecho que no suben sus modelitos diarios a Instagram, que no deben recibir ni un euro de ninguna marca... y que acumulan más estilo en la punta de sus zapatos que una docena de veinteañeras (y treintañeras) con ínfulas de modelo. No las verás posando con una pierna delante de otra, la mirada baja, una mano apartando el pelo, en esa postura que será que favorece pero que parece que se pasan la vida buscando algo que se les ha caído al suelo. Pero, ay amigo, cuando aparecen estas señoras, se nota. Tienen ese qué sé yo que no se puede definir. La semana pasada nos volvimos a mirar a una de esas señoras maravillosas en la calle Ferrol. Servidora y media docena de viandantes. No era para menos. Menuda, pelo blanco impecable, gafas de sol, pantalones de rayas y blusa amarilla, altas cuñas de esparto. Imposible no volverse, e imposible no pensar que ese no es el aspecto que asociamos a una persona de cierta edad. Y como ella, muchas más coruñesas de toda la vida que han hecho de su propio estilo una marca y que no necesitan seguir ninguna tendencia ni abrir una cuenta en Instagram para lucir como quieran, independientemente de sus años, sus canas y sus cuerpos

Porque esa es la clave. Me contaba una amiga que una vez, peleándose con bañadores y bikinis en un probador, se miraba y remiraba pensando en lo que debía o no debía enseñar. Hasta que se dijo: «María, si a partir de los 40 eres invisible, qué más da». Se compró el bañador que le dio la gana, y tan contenta. Pero ni es invisible, ni debería sentirse así. De hecho, es una de esas mujeres que se visten como les peta y tienen ese algo inexplicable. Pero a partir de cierta edad, da la sensación de que hay que cubrirse y no llamar la atención. Con esta tiranía del filtro de belleza, de la supuesta perfección de la juventud, de las influencers y demás familia, habría que levantar un monumento a las CTV canosas que se visten como les da la gana, que se ponen chillonas blusas amarillas, y pantalones de rayas, y recuerdan con cada paso (firme) que dan que no hay mejor influencia que su rebeldía.

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